Nos vemos en septiembre
Me tomo unos días de descanso bloguero para cargar pilas, recopilar ideas y, por supuesto, dedicarle más tiempo a mi novela.
Disfrutad de lo que queda de verano y ¡nos vemos en septiembre!
Me tomo unos días de descanso bloguero para cargar pilas, recopilar ideas y, por supuesto, dedicarle más tiempo a mi novela.
Disfrutad de lo que queda de verano y ¡nos vemos en septiembre!
Aquí os dejo la entrevista que me hizo la semana pasada Ana Sequea para NetEspresso.
Fue muy divertido hacerla y espero que a vosotros os guste también.
NetEspresso con @tintaalsol from NetEspresso on Vimeo.
Una vez cerrada la votación y eliminado los votos nulos, estos son los ganadores del I Concurso de Microrrelatos Tinta al Sol.
En breve nos pondremos en contacto con ellos para enviarles su premio.
Enhorabuena y muchas gracias a todos por participar.
Con la frente aún húmeda por el agua ahí vertida, el hombre se adentró sigilosamente en el pequeño cubículo de madera. Una vez allí espetó de memoria la línea, casi cinematográfica, que había practicado durante los últimos veinte años de su vida:
-Mataré a un pederasta y vengo a pedir penitencia por eso.
Las últimas palabras del sacerdote fueron: Gerardo ¿eres tú?
Día a día el miedo me abrazaba, me alimentaba aburridamente lo mejor posible, había olvidado mis sanos oficios por el ocio del cuidado a mí mismo (tal vez un pie cortado, tal vez un golpe en la cabeza…)
He sufrido los cuidados excesivos de todos mis allegados desde que, más curioso e inocente que temeroso, dirigí la pregunta al oráculo Clepsidra. Contestó, sobre mi muerte: “larga y dolorosa”, cerró los ojos y soltó una lágrima.
Desde ese día busqué modificar mis costumbres para eliminar tan sólo una de la concatenación de causas por las que moriría así, sabiendo con terror que hacerlo podría ser también una causa necesaria para el fin que ciegamente creí futuro.
Sin embargo, hubiese sido ahogado bajo el mar; hubiese sido despellejado por cimarrones, hubiese muerto torturado o perdido mis extremidades atado a caballos, pero no así, ¡no así!, ahora que termino mi testamento, pues sé de mi muerte bella y tranquila (posiblemente me quedaré dormido), descubro que el largo y doloroso fin empezó desde la infame sentencia, al fin tan bien cumplida por mi voluntad de morir larga y dolorosamente hasta la muerte.
Cuento los minutos que faltan para el centrifugado, los euros en la cuenta corriente, las veces que Curro se ha meado en la alfombra, los seiscientos segundos de los macarrones, las canas que aparecen bajo mis mechas -¿otra vez a la peluquería?-, las veces que he fregado la misma sartén esta semana. Cuento calorías, las repeticiones de los ejercicios del gimnasio, las llamadas de mi madre diciéndome -sin palabras- que se siente sola. Las veces que te fallé. Cuento mis mentiras, cada vez que mi jefe me dice que no haga lo que me dijo que hiciera. Los días del ciclo de la píldora. Cuento las palabras de este microrrelato para cumplir -responsable, seria, formal-, de nuevo, la matemática.
Cuando los hombres desaparecieron las cucarachas se reunieron y una de ellas dijo lo que todas pensaban: Por fin se han ido los hombres, ¿Es que acaso no sabían que todo esto es nuestro? Les hemos dejado hacer por pena, pero no veíamos el momento de quedarnos solas. Ahora, tomemos posesión. Y cuando se fueron y el eco de sus miles de pasos se acalló, una de las hormigas del rincón le dijo a la otra: ¿Qué todo esto es suyo? Qué ilusas estas cucarachas.
Resulta cuanto menos curioso pararse a recordar el caso. Allí estaban sentados, entre otros personajes pintorescos: un futuro sacerdote que, años después, fue acusado de abuso sexual; un magnate que no evadía sus impuestos, sino que corría delante de ellos como alma que lleva el diablo; alguien al que le venció el plazo de una importante deuda y tiró a su recaudador río abajo; espero que hubiese algún hombre bueno, pero no me consta. La resolución de este variopinto jurado al deliberar ante el caso de una joven que repartía panfletos contra el poder fue unánime: culpable. Realmente lo era.
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Tras una muerte muy poco glamurosa, la famosa presentadora de televisión Kim Lange se reencarna en una hormiga en castigo por haber sido mala madre, esposa y compañera.
Incapaz de resignarse a su destino y, sobre todo, de soportar que su marido se consuele con otra y su hija tenga una nueva madre, decide intentar volver a ser humana a toda costa. Para ello debe acumular todo el buen karma que pueda en sus sucesivas reencarnaciones.
Estamos ante una novela divertida, sencilla y amena, que trata de manera ligera y sin pretensiones temas como la maternidad, el ecologismo o la generosidad.
Aunque a ratos se torna predecible y excesivamente sentimental, en el peor sentido de la palabra, este bestseller cumple su objetivo perfectamente: hacernos pasar un rato entretenido sin más pretensiones.
En resumen, resulta una lectura ideal para una tarde de verano.
Todo el mundo me habla del sexto sentido de las madres, de los pálpitos, de la intuición, pero no es eso, no es eso.
Intento explicárselo, pero no me escuchan, no, no me escuchan. No comprenden.
Yo supe al instante que mi hijo estaba muerto.
Lo supe durante toda aquella noche, cuando me quedé despierta horas y horas, la mirada fija en la pared, sabiendo que mi niño ya no estaba conmigo. Igual que supe que era inútil hacer nada, que era imposible salvarle. Supe que cuando su padre fuera a despertarlo por la mañana sólo encontraría su cadáver.
Lo supe en el instante que oí a mi bebé de 2 meses decirme: “Adiós, mamá”.
Para trabajar basta estar convencido de una cosa: de que trabajar es menos aburrido que divertirse.
Estoy muy cansada.
Cansada física, mental y creativamente.
Ha sido un año estupendo, pero también agotador, y necesito recargar las pilas a todos los niveles.
Todos tenemos momentos en que el cansancio nos supera, pero aún así tenemos que seguir con nuestro trabajo, que además, en nuestro caso requiere que estemos al 100% de nuestra capacidad creativa.
Mientras llegan las ansiadas vacaciones blogueras, os cuento algunos trucos que uso, en momentos en que el trabajo parece que me supera, para combatir la fatiga:
En la noche más fría del año, en lo alto de una colina de la ciudad de Edimburgo nace el pequeño Jack, pero su corazón está enfermo, y la mujer que asiste en el parto a su madre, a la que conocen como la doctora Madeleine, le coloca un reloj en el pecho para ayudar a su corazón a latir.
Madeleine, que le cría tras ser abandonado por su madre, le inculca desde pequeño que debe evitar las emociones fuertes, tanto positivas como negativas, y sobre todo debe evitar a toda costa enamorarse. Por supuesto, termina enamorándose de una diminuta bailarina española, Miss Acacia, y desoyendo cualquier advertencia se lanza a recorrer mundo buscándola en compañía de un personaje real, George Meliés.
El planteamiento y la ilustración de la portada nos dicen que estamos ante un cuento gótico y romántico para adultos, y así es en principio, el problema es que, una vez que se reencuentra con Miss Acacia, el libro pierde todo su atractivo. Lo que hasta entonces era un bello cuento gótico de gran riqueza visual, con un texto fácil de leer pero muy poético, y una historia que te atrapa pasa a ser una historia empantanada, lenta, que no avanza hacia ninguna parte, sino que se limita a dar vueltas y vueltas sobre sí misma.
Buena parte de la culpa de esto la tienen los personajes, que no están bien definidos y se quedan en estereotipos: el protagonista inadaptado, condicionado por su físico diferente pero sensible, la doncella inalcanzable, el antagonista bruto y el mentor sabio y experimentado.
Después de esa parte central de la historia, tan floja, el final llega de manera abrupta, dejando una sensación de decepción, por lo que podía haber sido la historia con otro desarrollo.
- Buenas tardes, don Severino – saludó la mujer del guarda del cementerio – ¿a llevar su clavel a su señora?
- Sí, Amalia, como todos los días, como todos los días… – dijo don Severino sin salir de su habitual ensimismamiento, apoyando su paso cansado en el viejo bastón.
Amalia suspiró: esa mujer muerta hace 40 años debe ser más feliz que muchas mujeres vivas.
…Bien que eligiera el ataúd más sencillo, por no decir el más barato, pero esa lápida tan simplona, sólo con mi nombre y la fecha… ¿Qué le hubiera costado poner una un poco más adornada? Casi hubiera preferido un nicho con una lápida mejor, a una tumba con una losa tan sencilla, parece un quiero y no puedo.
Y ya podría traerme un ramo de flores de vez en cuando, no digo una corona, pero algo más lucido que ese triste clavel que veo siempre… Tanto que se supone que me quería “mi dulce Severino”, “mi querido esposo”. Al final mi hermana tenía razón, siempre será un pobretón…