¿Por qué me mira as�
Fue idea suya para empezar…
Y vamos a limpiarnos al baño, la seño sospechará si volvemos a clase con el babi lleno de manchas de sangre.
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Procrastinando en vez de escribir.
¿Por qué me mira as�
Fue idea suya para empezar…
Y vamos a limpiarnos al baño, la seño sospechará si volvemos a clase con el babi lleno de manchas de sangre.
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Todo el mundo está muy orgulloso de ella. En los tiempos que corren independizarse a los 23 años es todo un logro. Su piso puede ser pequeñito, un quinto sin ascensor, pero es todo suyo.
Por eso no puede contar a nadie que pasa la noche aterrorizada por una presencia en su casa.
De dÃa todo va bien, se convence que es sólo su imaginación, pero de noche, el miedo empieza a acecharla.
Se morirÃa de vergüenza si alguien supiera que cada noche, antes de acostarse mira dentro del armario, tras la cortina de la bañera y bajo la cama para asegurarse de que no hay nadie; que comprueba dos veces que todas las ventanas están cerradas, las persianas bajadas, la llave de la puerta echada.
Después se mete en la cama, tapada hasta la barbilla con las sábanas como si estuvieran hechas de un material blindado que la protegerá de cualquier daño.
Es absurdo, infantil, pero en el momento en que apaga la luz empiezan los pequeños ruidos, los crujidos y algo que suena parecido a una suave respiración. Su mente busca explicación para todo: el parquet que se encoge al bajar la temperatura, el vecino que va al baño, la última gota de agua que se escurre por el lavabo…
Finalmente contiene el aliento para asegurarse de que ese leve murmullo que parece una presencia ajena no es más que su propia respiración.
Hasta que el miedo se vuelve insuperable y ninguna explicación racional acaba con la certeza de que no está sola, de que alguien la observa desde un rincón del cuarto, quién sabe con qué intención, y ahogada en una mezcla de terror y vergüenza alarga la mano para encender una luz salvadora.
Pero esa noche está más torpe, sus manos se deslizan por la mesilla sin encontrar la lamparilla. Después recorre la pared buscando frenéticamente el interruptor, cada vez más nerviosa, cada vez más angustiada.
Y entonces, clara y profunda, oye una voz que pregunta:
— ¿Necesitas luz?
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—No parece haber vida inteligente en el planeta —dijo el oficial cientÃfico repasando por enésima vez los datos del sensor de mano que portaba—. De hecho las ranas, los mosquitos y estos helechos parecen las únicas especies del planeta.
—No sé de dónde vamos a sacar las provisiones que necesitamos —respondió el primer oficial—, espero que te gusten las ancas de rana.
El oficial cientÃfico rió sin ganas la broma.
Mientras esperaba educadamente su turno para presentarse, el comandante en jefe del segundo ejército anfibio al mando del planeta Klug comentó telepáticamente con su segundo:
—¿Ancas de rana? Espero que estos extraños seres no se refieran a algún tipo de práctica sexual.
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—SabÃa que mi mamá se equivocaba, sabÃa que los fantasmas sà existen, porque tú eres un fantasma, ¿verdad?
—Algo parecido…
—¿Seguro que a mis papás les parecerá bien que me vaya contigo? No les gusta que hable con extraños.
—Al principio estarán tristes, pero donde vamos ya no sufrirás más, y eso les servirá de consuelo.
—¿Por qué llevas ese abrigo tan largo?
—Refresca por las noches.
—¿Y para qué es ese palo tan raro?
—Se llama guadaña.
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Totalmente. Estoy totalmente dispuesto a mezclar mi camino con el tuyo.
Totalmente dispuesto a ayudarte a levantar cuando tropieces, a animarte a conseguir tus sueños, a celebrar tus triunfos, a admitir mis errores y a perdonar los tuyos.
A enfadarnos, a reconciliarnos, a enamorarnos, desenamorarnos y volvernos a enamorar.
A decirte que puedes cuando el mundo te diga que no puedes, a dejar que me digas que puedo cuando crea que no puedo.
A quererte, en fin.
Aunque, hasta que llegue ese momento, me conformo con cogerte las manos cuando juguemos al corro de la patata.
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(Basado en hechos reales)
Primero probó a meter la punta del pie en el charco. No pasó nada.
Después metió un pie entero, luego el otro.
Un pequeño saltito lanzó algunas gotas a su alrededor.
Un salto más grande y las gotas llegaron más lejos.
Cinco minutos más tarde saltaba y giraba sin poder contener las carcajadas.
La gente que pasaba sonreÃa afectuosa ante la riña que le caerÃa al llegar a casa con la ropa y los zapatos manchados de barro, pero hay edades en las que estas cosas sà están permitidas.
Cuando por fin se cansó, recogió el bastón del suelo y se fue a echar la partida de dominó de cada tarde.
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El prÃncipe sobre el que pesaba la maldición se apretó contra las demás ranas intentando pasar desapercibido. No tenÃa ninguna intención de dejar que aquella princesa le besara, rompiera el hechizo y vivieran felices para siempre.
Eso sÃ, si alguna vez se acercara a la charca algún bello prÃncipe…
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Notaba las miradas acusadoras de todos a su alrededor.
Incluso quienes se mostraban comprensivos con ella, le hablaban de paciencia, de intentar reavivar los sentimientos o directamente de “aguantar” después de tantos años.
¿Qué iba a hacer a su edad sola por el mundo? ¿De qué iba a vivir? ¿Y dónde?
Sus familiares no es que se hubieran mostrado entusiasmados por la idea de acogerla en su casa.
De hecho ella tenÃa más miedo de lo que estaba dispuesta a admitir, pero la decisión habÃa sido largamente meditada y era firme: no es que no le quisiera, no es que él la hubiera decepcionado, es que no podÃa seguir viviendo asÃ. Aunque a su edad pareciese y fuese una locura querÃa probar otras cosas, saber que podÃa valerse por sà misma, relacionarse con gente distinta que la que habÃa tratado hasta ahora.
Y sabÃa que en el fondo él la entendÃa, a pesar de que no lo demostrase, a pesar de que su silencio pudiera parecer un reproche.
Eso sÃ, aún se sentÃa como desnuda al salir a la calle sin el hábito.
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Un apuesto joven al que besó en los labios con dulzura, diez amigas con las que compartió lágrimas y risas, cien viajes a cien paÃses distintos, mil alumnos a los que enseñó a leer. Todo se lo llevarÃa con ella, asà que no entendÃa por qué todo el mundo parecÃa tan triste alrededor de su cama de hospital.
—Una semilla en tierra desolada…
—Qué tierra desolada ni qué niño muerto… Chocheces de vieja. Todos los años lo mismo. ¿Qué necesidad tiene tu madre de deslomarse trabajando en la huerta, si con el agua que usa para regar este pedregal le sale más a cuenta comprar la verdura en la tienda?
—Shh, sabes que, desde que mi padre se fugó con la Anselma, ocuparse en esto es lo único que la consuela…
—Si de eso hace más de 15 años… Qué consuelo ni qué niño muerto…
Sin soltar la azada ni levantar la vista de la tierra, la abuela piensa: Niño muerto no, 76 años en verano hubiera cumplido el que aquà está enterrado, y otros tantos la guarra aquella.