Si hay algo que me da pánico como escritora, es crear personajes planos y/o estereotipados. No es que piense que la trama no es importante, o que sea secundaria frente a la construcción de personajes, pero creo que un mal personaje puede matar una buena historia y viceversa.
Así que cuando imagino un personaje, me gusta perfilarlo a fondo, recopilando toda la información que se me ocurre sobre él, aunque normalmente no aparecen en la historia más del 30% de esos datos. De este modo intento aportarle más profundidad y una mayor riqueza de matices, y consigo también mantenerme fiel al personaje, ya que aunque este evolucione o cambie a lo largo de la historia (especialmente si es el protagonista), esta evolución debe venir dada por la trama y ser coherente.
Y es que a los personajes, como a las personas reales, no sólo los definen sus actos o sus palabras, sino su pasado, sus relaciones, sus anhelos, etc.
La ficha, o “biblia de los personajes” como se llama en el mundo audiovisual, que yo utilizo consta de lo siguiente:





