Lee los 125 microrrelatos presentados al I Concurso Tinta al Sol

Estos son todos los microrrelatos presentados al I Concurso de Microrrelatos Tinta al Sol por orden de recepción:

1. Fede Glanz: CAMINANDO POR LOS SUEÑOS

Caminaba por el péndulo de la imaginación, creía poder cumplir sus sueños de ficción y llegar a lo más alto de la cumbre de la felicidad. Su mente infantil creaba mundos paralelos donde extraordinariamente florecía la vida, llena de alegría. Pero todos sabemos que sobre sueños, no hay nada escrito.

2. Paco Enríquez M: EL JINETE SIN CABEZA

Don Arnoldo no había bien terminado de eyacular cuando el padre de la quinceañera ya le había cercenado el cuello de dos certeros machetazos con toda la fuerza que le dio la rabia; y un súbito rigor mortis impidió separar cadáver y muchacha hasta luego de cercenar otra parte del viejo (pero, eso sí, cumplidor) don Arnoldo, para a continuación extirpar el trozo restante con unos alicates. Rosita, la quinceañera, no paró de gritar en tres días, y cuando por fin se silenció fue para no volver a hablar. Su mente tomó un viaje sin retorno. La gente del pueblo llegó a decir que no había sido cosa voluntaria sino violación, y justificaron la locura de la chica porque cómo demonios no se iba a impresionar la pobre si la estaba cabalgando el jinete sin cabeza.

3. Paco Enríquez M: DOBLE VIDA

«¡Oh, no!», exclama el muchacho al ver cómo su madre, en aquella vieja película triple equis, una preciosidad de veintitantos años que sabía las pasiones que desataba, se pone en pie y se quita el bikini, contoneándose como una serpiente, al ritmo pausado de la música (esos grandes ojos del color de la miel, con su grueso fleco de pestañas, son incapaces de despegarse de la cámara; dicen: «ven a mí, tócame, juega conmigo, viólame») y cuando sólo lleva puestos los zapatos de tacón de aguja, despacio, dibujando un beso con los rollizos labios colorados, con un brillo triunfal en las pupilas, expresión de puta experta que ya sabe qué hacer para satisfacer al cliente exigente, se arrodilla entre las piernas velludas, entre los pies que el musculoso hombre desnudo, un negro echado bocarriba sobre la cama matrimonial, apoya en el suelo alfombrado. Y al muchacho le enfurece que su propio cuerpo vibre contra su voluntad, que la boca se le llene de saliva densa y dulce, que la respiración se le altere, que sea incapaz siquiera de realizar una tarea tan sencilla como levantarse de la butaca y abandonar para siempre esa decrépita y semivacía sala de cine, que haya visto a su madre con las tetas y los genitales al aire y que ahora, ahora que los labios bucales de ella se amoldan, golosos, al encabritado pene del negro, no pueda sacarle los ojos de encima, como si se hubieran quedado pegados a la pantalla.

4. Paco Enríquez M: ¿NO QUE NO?

Tuvo ganas de hacerle daño; pero, en vez de eso, lo besó, asaltada por una de esas apasionadas efusiones a las que solía rendirse. Vencida, sintiendo que podía ponerse a llorar, le susurró que lo amaba, que lo deseaba, que nunca podría agradecerle la felicidad que le debía. «Sí, sí, te amo —dijo en voz alta—. Con todo mi cuerpo, querido dildo.»

5. Paco Enríquez M: CINCO HORAS DESPUÉS (EN UN HOTEL DE PASO)

Despierto, abro los ojos y miro a mi novio, que está tumbado al otro lado de la cama. No lo quiero despertar, así que me levanto con el mayor cuidado posible. Entro en el cuarto de baño y cierro la puerta, hago pis y luego me miro, desnuda, en el espejo durante un momento. Luego me inclino sobre el lavabo y abro la llave, agarro el jabón y me lavo la cara. Luego vuelvo a mirarme en el espejo, esta vez más tiempo. Regreso al dormitorio y enciendo mi celular, asegurándome que no es el de mi novio. Mi madre ya me ha llamado más de treinta veces. Al rato le voy a mandar un mensajito. Dejo el celular sobre el buró, echo una ojeada por la habitación y me asusto porque no consigo encontrar la ropa.

6. Baldo Taberner Aguas: REALIDAD INDIGESTA

El tiempo que mecía mi cuna, que susurraba mi oído, no es el mismo que me azota la piel ni el que escupirá mi cara. Rompí el sueño con aquel pensamiento de mal estar e impotencia resignada y salté de la cama con ton de plasmar en papel el más preciso sentimiento de mi estúpida cabeza. Comencé con un “Antes de morir…”.

“Antes de morir entendí que; todo lo que soy es robado de los demás, lo cierto es que yo mismo no valgo nada, pero me he ido quedando con lo que creí mejor de quien me rodeaba. Los mejores amigos me olvidarán, porque dejaré de aportarles aquel mutualismo incondicional. Mis anteriores resoplarán de alivio interno por no haber sido los siguientes. Mis posteriores encajarán un duro golpe que el tiempo ablandará hasta tal punto de hacerlo indiferente. Quien me conocía de lejos, no interiorizará la pena que dice sentir, pues solo es un protocolo para burlarse de quien no está. Con quien me casé, se le caerá el muro encima y descubrirá que fuera de las fronteras hay jardines pintorescos. Me lo llevaré todo conmigo y solo os dejaré mis pertenencias inservibles, intentaréis quedaros con parte de mí para recordarme, pero yo seré más fuerte y no lo permitiré. Sentiréis lástima propia porque la vida es corta y se os agota. Yo no estaré para deciros todo esto y vuestras mentes lo ignorarán. La vida no está hecha para vosotros, aceptarlo. ”

7. Baldo Taberner Aguas: SUEÑOS

Soñé que soñaba en sueños y en esos sueños sueño, porque soñar es el sueño que muchos sueñan y no todos sueñan lo que quisieran soñar, porque no sueñan en sueños, ni sueñan por soñar.

8. Eva Lora Miguel: UN MINUTO

Un minuto ,cada segundo sonaba fuerte ,lento ,ensordecedor .Estaba tumbado en el suelo ,un suelo frío ,rojizo ,envejecido ,con cierta belleza .Tenía la cabeza ladeada hacía la derecha ,intentó sin éxito bajar la mirada para poder ver sus extremidades ,no podía menearse en absoluto ,hacía frío pero era verano ,seguro.

Se quedó un rato absorto mirando cómo una sinuosa bola de pelusa rodaba hacía su cara ,parecía más pequeña de lo que era en realidad .Llegó amenazante ,atrapando sus ojos y nariz ,una simple pelusa. Por un momento cegó su visión pero una suave brisa la apartó de él rápidamente .TIC ,TAC el sonido de los segundos marcados a golpe de manecilla….seguro que era un reloj grande pero no podía verlo.

¿Habrían sido sus compañeros? Claro …..le inyectaron algún tipo de veneno paralizante ,¿una broma? La curiosidad se mezclaba con el miedo ,un minuto ,del cual solo unos segundos .Su cuerpo estaba muy frío pero era verano , sin duda.

El sonido de un grifo goteando se fundía con el segundero para componer una melodía diabólica . De golpe ,el miedo atrapó la curiosidad y se encontró temblado ,estaba helado pero temblaba de un terror infinito.

El segundero se paró al minuto exacto .Una sombra absoluta lo envolvió todo ,como pudo ,miró con recelo hacía arriba …..antes de morir escuchó la voz de dos niños ,¿eran ángeles? No , claro que no …..

-Te dije que si le arrancábamos un miembro estaría mínimo un minuto sin moverse ¿ves? He ganado ,me debes un paracaidista ,y seis canicas incluida la de nacar azul.Ese era el trato ¿no?

-Que si ,que si , pero no hacía falta matarla , ¡ jolínes !

-Se iba a morir igual … ¡que más da ! Solo es una hormiga.

9. Aurora del Rio: EL MIEDO DEL TITÁN

Agazapado bajo un manto de invisibilidad observa el gran Titán.

No habla, no respira, intenta no ser descubierto.

Tan solo el bombeo agitado de su corazón lo delata.

No puede pararlo, golpea fuerte en su pecho…siente miedo.

El aguerrido Titán curtido en mil batallas victoriosas, ahora camuflado tras la vegetación

observa y calla, no quiere ser descubierto.

Mira como la sirena sentada a la orilla canta y peina sus cabellos.

Su canto le cautiva y por ello la teme.

Algo malvado tiene que tener ese cantar que lo convierte en débil.

Ella sabe que él está ahí, los latidos de su corazón suenan acompasados por el cantar de ella.

Sólo cuando el titán venza a su propio miedo podrá salir del escondite en que se halla e ir con ella al agua.

Mientras tanto, sonará esa cautivadora melodía, la melodía del amor.

10. Aurora del Rio: PEQUEÑO RIS

En el cielo de los gatos,

pequeño Ris ha sido recibido,

por cientos de mininos

que como él tuvieron dueño

y fueron muy queridos.

Acomodado en su nube,

la que él ha elejido;

con vistas al lugar

donde vivió protegido.

acicala sus patitas,

afina su maullido.

En el cielo de los gatos,

pequeño Ris maulla su historia.

un grupo de mininos

le escuchan espectantes.

Cuenta como era su casa

y quienes lo cuidaban.

Cuenta como era libre,

como callejeaba;

corriendo entre los prados,

con otros animales jugaba.

Y cuenta que un silbido…

era la llamada a volver a casa.

11. Chester Locuras Literarias: CREANDO UN ASESINO

Me llaman el Resines, y soy cuchillero. Mi ciudad: Albacete, mi edad: veintiséis, y mi religión: … el odio.

Durante años, viendo este mundo infame, cada vez mas cruel y lamentable, he ido acumulándolo, estoy a punto de explotar, y necesito algo con que desahogarme. Es por esto que da comienzo mi plan.

Como de valiente tengo poco, manipularé a alguien para llevarlo a cabo. En la empresa está el tipo perfecto; buena persona, amable, sincero, aunque con una leve deficiencia mental, y lo mejor de todo, tremenda fuerza. Pasó dos años en prisión, ahora le denominan: reinserción en la sociedad.

Para ganarme su confianza le regalé formas de divertirse a costa de sus compañeros; ya sabéis, eso que le dices a alguien: – tráeme las cajas -, – ¿qué cajas? -, – en las que te sientas cuando me haces pajas -. Así unas cuantas. Le dolía la mandíbula de reírse. Fue fácil.

Después, en los almuerzos, averiguaba los pecados, por así decirlo, que cada uno de la fábrica poseía. Mas sencillo todavía; no os imagináis las cosas que uno llega a decir por fardar, por ser mas guay que el resto. Lamentable.

Finalmente, debían de sucederse una serie de acontecimientos por los que “el manipulado” haría pagar a los demás por sus malas acciones; pero no fue así, creí que lo controlaba cuando me juró arrebatarles la vida a todos. Pude conseguirlo aplicándole una técnica envolvente de mi particular visión del mundo, es decir, mucha palabrería y discursito, en tono deprimente, – maldad por aquí, maldad por allá -, etc. Lastima, fracasé.

O eso creía, pues una vez me echaron del trabajo, al mes; me enteré que un muchacho trastornado asesinó, con solo una vara de hierro, a varios de sus compañeros, causando una veintena más de heridos.

12. José Manuel Ortiz Soto: DESPUÉS DEL NAUFRAGIO

Luego de siglos a la deriva por la inmensidad del mar, la botella fue arrojada por las olas contra la playa. Aturdido por el impacto, el náufrago vio caer a su alrededor los muros de la prisión milenaria.

—¡Soy libre! ¡Soy libre! –gritó salpicado por un rumor de olas.

Pero al júbilo inicial siguió la duda, apartarse unos metros de la antigua cárcel exigía de reflexiones que acababan por volver al hombre tras sus pasos. Un día, sin embargo, envuelto en el fragor de la última tormenta, echó a andar tierra adentro.

Fueron años de ir tras la distancia, hasta que la noche y el cansancio lo alcanzaban; noches breves de sueños con un lugar desconocido donde alguien aguardaba su llegada. Cuando parecía que su destino errabundo no tendría fin, una mañana, el viajero se detuvo frente al muro de la enorme caja en que la Tierra estaba contenida.

13. Chester Locuras Literarias: YO

Persona: Individuo de la especie humana. Así de sencillo; sin tener en cuenta el color de piel, la religión, la edad o cualquier otra tontería. Todos somos individuos dentro de una enorme habitación; da igual que tu decoración no coincida con la mía, o que tus muebles molen más. ¿Qué importa?.

Si esto se tuviera en cuenta no existirían los insultos, las agresiones, los asesinatos, la gente no sé suicidaría. Cierto es que hay cosas que no se pueden controlar; aunque si puedes convivir con ellas, hasta superarlas.

En el colegio, el instituto, la gente se burlaba de mi, incluso a veces en el trabajo alguno se pasa de graciosete; ¿y que mas da?, rápidamente lo borro de la mente, no me como la cabeza, ni devuelvo los ataques, ¿de que serviría?. Podría pegarle, me desfogaría, eso seguro, pero al no hacerlo quedo mejor, evito problemas que puedan surgir, y que no deseo.

Me faltan dedos para contar las veces que una mujer me ha rechazado; y eso que intento conquistarlas, en vez de follarmelas, (si, soy un pringao). Es una jodienda cuando te enamoras de alguien, y pasa de ti; o lo que es peor, estáis juntos, y un día te abandona. Eso duele, claro, pero me es incomprensible que la solución sea matar, o suicidarte.

Hubo cosas que no pude controlar, aunque supe asumirlas y dejarlas pasar, aprendí de ello; con una en concreto, creo que jamás lo conseguiré, pero haré por intentarlo. Lo malo siempre pasa, no te calcines, piensa en el futuro.

14. Gotzon Relatos Encallados: EL APÓSTATA

Un extenso manto de hojarasca seca logra dar ese aspecto lúgubre y siniestro al sendero que, formado por una inmensa hilera de álamos centenarios, conduce hasta el obispado.

Mientras camina, Néstor contempla pensativo y cabizbajo el quebrar de las hojas bajo sus pies, una visión que acrecienta sus constantes dudas. Cada paso adelante le aproxima hacia un acto de coherencia con su doctrina, pero al mismo tiempo, buena parte de sus profundos ideales se resquebrajan, quedan fragmentados, los siente tan vulnerables como la broza que va dejando atrás, crepitando mientras se retuerce intentando retornar a su anterior estado.

Pero Néstor está decidido a dar el paso para liberar el malestar que atenaza su moral interna. Ateo practicante, promulga la apostasía entre sus muchos seguidores, con ejemplar displicencia hacia la jerarquía eclesiástica católica…

“…ese estamento hipócrita, ese conglomerado manipulador de conciencias, proxeneta de la fe, fiel aliado del despotismo y la tiranía, causante de tanta tropelía a lo largo y ancho del mundo en la historia pasada y presente, sustentado sobre el dogma de la rapiña y el derramamiento de sangre inocente…”

Néstor aprieta su paso al recordar los trazos más elocuentes de su discurso apologético del ateísmo y empuja el portón con seguridad. A punto está de iniciar un proceso irreversible acorde con sus razonamientos anti religiosos. Denotaría una grave incongruencia que quien proclama la negación de la fe cristiana y predica la apostasía como un derecho exigible, no fuera el primero en iniciar los trámites para reclamarla para su propia persona.

Claro está que son muchas las trabas y dificultades para poder ejercer el derecho a desligarse de tan blindada asociación, en primer lugar hay que pertenecer oficialmente a ella. Así, mientras el agua bendita recorre la coronilla de Néstor, sus labios van perfilando una pícara sonrisa combativa.

15. Victor Kardec: CURADO

Me acerqué al taller de bicicletas. Estaba seguro que allí me alquilarían una adaptada a mis necesidades. Últimamente había estado enfermo, había pasado una fuerte crisis mental, lo que los médicos llamaron ‘trastorno de desdoblamiento de personalidad’. Pero ya me curé. Gracias a los medicamentos y a las sesiones con el psiquiatra, me curé. Pero a lo que iba: me acerqué al taller de bicicletas y pedí: -¿Tienen tándems para alquilar?

16. Victor Kardec: PAYASO

Aquel payaso de circo se preparaba para su actuación. Encendió las luces de su camerino, se quitó la peluca naranja de rizos, se lavó la cara de maquillaje blanco, se quitó la pelota roja que tenía por nariz, el resto de su disfraz de payaso y salió al escenario. La gente le aplaudía y se reía a gusto al verlo así, de paisano, tan natural, tan él mismo. Objetivo cumplido. Cuando acabó su show, volvió a calzarse los zapatones del número 65, se vistió los pantalones de cuadros rojos, se colocó la peluca, el maquillaje y la nariz colorada, y así, como cada día, esperó todo serio en su carromato hasta la actuación del día siguiente.

17. Victor Kardec: SALVADO

Una sensación de frío intenso le erizó el vello. Despertó. Sintió soledad y miedo ante la falta de luz, de aire y de memoria. No sabía dónde se encontraba, pero la estrechez de su aposento le agobió desesperadamente. Crispado, supo que había sido enterrado vivo. Del miedo se orinó encima, tembló y su corazón se aceleró. De pronto recordó. Él era un rico hacendado, ahora lleno de deudas, que días atrás se sintió indispuesto. Y ahora estaba muerto… o vivo y enterrado. Se sintió morir de verdad. De pronto, oyó ruidos cercanos, muy cercanos. El sonido de una pala levantando tierra. Luz artificial por la rendija de la caja. Se abrió. Rápidamente se incorporó y salió de ella. El profanador de tumbas quedó estupefacto y se llevó la mano al corazón. Cayó fulminado sobre la caja vacía. El hacendado contempló la escena, rellenó el agujero y salió del cementerio. Fuera le esperaba una vida nueva, como de recién nacido.

18. Victor Kardec: INSTANTÁNEAS

Apesadumbrado, aquel doctor acudió al psiquiatra. Algo terrible y curioso le ocurría y le tenía desasosegado. Forense, necesitaba sacar fotografías de los cadáveres, y estas siempre salían movidas. Llegó a pensar que tantos años diseccionando músculos y vísceras le habían convertido en objeto de burla de los espíritus ya descarnados y que se reían de él moviendo los cuerpos en el momento de la instantánea.

El psiquiatra le escuchó atentamente, y tras hacerle un examen médico, resolvió:

-Tiene usted Parkinson.

19. Leila Bg: DESDE TU VENTANA

Y en mitad de la calle alzando la mirada ví tu luz. No recuerdo como llegué allí, ni si quiera recuerdo cómo se llamaba tu calle;sólo sé que estaba ahí, observando tu silueta a través del cristal y con el miedo en la garganta. Metí la mano en el bolsillo izquierdo y la saqué,me faltaba valor, valor y coraje. ¿ Y de dónde se sacan?, pensé. Intenté recordar la última vez que me mostré valiente, mi memoria no tenía recuerdo alguno.¿ Y si no era valiente, cómo iba a hacerlo?

Después de varios minutos incómodos durante los que el latir de mi corazón me amedrentaba decidí pensar en ti. En aquel rizo rebelde que se solía escapar de tu cabello, en tu forma de acariciarte el brazo cuando estabas nerviosa y en tu mirada al fijarte en la luna. Y entonces surgió, esa sensación de poder, de confianza. Miré mi mano, apenas me temblaba, el sudor había desaparecido y una inmensa claridad invadió mi mente. Volví a alzar la mirada, seguías detrás del cristal. Miré hacía ambos lados de la calle, nadie pasaba. Levanté mi mano hasta la altura de la sien y con delicadeza coloqué el cañón del arma en ella. Estaba frío, muy frío, ¿La muerte será así?, pensé. No dudé mucho más, dejé que mi imaginación te dibujara mientras mis labios susurraban, acompañados del ruido del disparo, “sin ti, no…”

20. Nicolás Ferraiolo: LA MUERTE

Día a día el miedo me abrazaba, me alimentaba aburridamente lo mejor posible, había olvidado mis sanos oficios por el ocio del cuidado a mí mismo (tal vez un pie cortado, tal vez un golpe en la cabeza…)

He sufrido los cuidados excesivos de todos mis allegados desde que, más curioso e inocente que temeroso, dirigí la pregunta al oráculo Clepsidra. Contestó, sobre mi muerte: “larga y dolorosa”, cerró los ojos y soltó una lágrima.

Desde ese día busqué modificar mis costumbres para eliminar tan sólo una de la concatenación de causas por las que moriría así, sabiendo con terror que hacerlo podría ser también una causa necesaria para el fin que ciegamente creí futuro.

Sin embargo, hubiese sido ahogado bajo el mar; hubiese sido despellejado por cimarrones, hubiese muerto torturado o perdido mis extremidades atado a caballos, pero no así, ¡no así!, ahora que termino mi testamento, pues sé de mi muerte bella y tranquila (posiblemente me quedaré dormido), descubro que el largo y doloroso fin empezó desde la infame sentencia, al fin tan bien cumplida por mi voluntad de morir larga y dolorosamente hasta la muerte.

21. Nicolás Ferraiolo: TRATAR ACCIDENTES

Muchos escritores enloquecen, se matan al descubrir esto. Los críticos tememos decirlo, por eso divagamos, pero alguien debe: muertos sus creadores, ellos son libres.

Ahora mismo, Don Quijote le está usando los calzones a Cervantes. Raskolnikov persigue a hachazos a un raquítico Dostoievsky, y cuando éste sufre ataques epilépticos, le hace cosquillitas (de lejos parece que se retuerce de alegría). Su enorme Yo Poético le roba el vuelto del almuerzo a Whitman. Borges es un peón de ajedrez que un gaucho se suele llevar a la boca.

Dante, el esotérico, al epifanear tal injusticia, usa a Virgilio en su Comedia como guía sólo para que su personaje sea escritor, y así aportar al gremio. Muerto Dante, su Virgilio (no Virgilio, esclavo de Eneas), lo aporrea en el Infierno.

Tan grave es, que yo sería perseguido por todos estos sublevados accidentes si omitiera que tendrán tanta libertad como plomo en los pies.

22. Nicolás Ferraiolo: EL ESCRITOR

Era escritor y conocido en la jerga. Le encargaban nouvelles, reseñas, biografías breves, pero una cosa que verdaderamente no soportaba que le pidieran era el cuentito breve. “Es la expresión literaria del capitalismo salvaje, un rápido y efectivo polvo de nada, donde los personajes no tienen una vida”, decía mascullando entre dientes mientras escribía en tres renglones vida y muerte de sus personajes, con quienes no se vinculaba. El problema nacía de que era lo mejor que sabía hacer, y en el fondo, lo sabía.

En sus sueños, los personajes muertos le recriminaban brevemente (pero eran muchos) el no haberles dado un lugar en el mundo, una vida.

Cierta noche despertó entre gritos fuertes y cortos, vio la lista de editoriales pendientes junto a la cama, la hizo un bollito, harto, y al tacho. Comenzó a escribir novelas de cuatrocientas páginas, pero los nuevos personajes, siempre cansados por falta de ejercicio, le rogaban muerte o se suicidaban a espaldas del narrador. No se hizo esperar el fracaso editorial de esas novelas ni de su intento de vuelta a la brevedad. Y él también, personaje más que narrado manejado por la críptica literaria, se cansó, no sin tener antes la misteriosa sensación de que en cada uno de sus cuentos breves pudo haber cabido su vida. Entonces, cuando se dio cuenta de todo esto, se fue a mis espaldas. Quiero decir que se murió.

23. Chester Locuras Literarias: NUESTRO LOCO

Él siempre viste calcetines negros, siempre, y camisetas que le definan; pasa de modas. Tiene sus ideas propias, sus creencias, de las cuales nunca se desprende, aunque es fácil hacerle entrar en razón. Un escritor que conduce camiones y ama su viejo coche. Distinto al resto, al que muchos denominan: raro. Odia demasiadas cosas, se queja de casi todo, no entiende por que; y es que acierta cuando dice que existe bastante maldad en el mundo. No es listo, pero tampoco tonto. Se la suda el dinero; y como todos, no puede vivir sin tenerlo. Quisiera cosas, que por mucho que lucha, no consigue. Pertenece a un abultado grupo de familiares, en los que estamos nosotros, sus amigos. Él … es nuestro loco.

24. Aurora del Rio: ME PUSE SU COLLAR

Echaba de menos las tardes en que paseábamos por la playa después del trabajo. Sentía añoranza de su compañía, no de su persona, más bien de aquella conexión que nos hacía sentirnos bien caminando uno al lado del otro sin decirnos nada. Eran momentos en que le amaba porque él amaba estar a mi lado, pasear por la playa al caer la noche, andar sin rumbo, contemplar el sol ocultarse bajo el mar…lo amaba porque en esos momentos eramos uno.

Todo eso quedó atrás hace muchos años. Pasamos años de dicha y luego vino el declive, poco a poco, como llegan estas cosas. De ser felices sin tener que hablar a silencios dolorosos después de acaloradas discusiones…y el tiempo fue transcurriendo hasta que nos alejamos físicamente como se había alejado nuestro amor.

Fue con la distancia y con el tiempo que llegamos a mantener una relación cordial. Nos respetamos y nos queremos manteniendo vidas separadas. Ese fue nuestro error, querer juntarlas. Somos seres de luz de distinta intensidad, una luz apagaba a la otra.

Un día en que aún eramos felices, fue a comprar unas piedras para hacerme un collar. Pasó todo un día confeccionandolo y al caer la noche, en nuestro paseo por la playa, me lo colocó en el cuello.

“Estas piedras brillan con la luna, como tu alma” me dijo al oído mientras me lo abrochaba en la nuca.

Han pasado muchos años pero sigo conservando aquel collar.

Fue una noche de luna llena, en que esta brillaba naranja en el cielo cuando sentí la necesidad de colocarme el collar y salir a pasear. A medida que avanzaba en mi caminar por la playa desierta sentí su presencia. No podía ser, él se hallaba a cientos de kilómetros de allí. Mire a un lado y a otro más a nadie vi. estaba sola en la playa pero aquella sensación me acompañaba. Pensé que era sugestión mía.

Entonces me sonó el móvil, era él que me dijo:

-No pensarás que te iba a dejar sola caminar por la playa. Yo también he visto la luna y he salido a pasear por las calles desiertas imaginando que seguía los surcos que hacían tus pies en la arena.

25. William Ernest Fleming: LA FEMME FATALE QUE CREIA EN EL AMOR

Tenía el pelo corto, caderas estrechas y pechos grandes, pero su boca era deliciosa. Sus labios los coloreaba del mismo fuego abrasador que su pelo. Aunque cuando me besaba, su turgente forma quedaba en mis mejillas y coloreaba mis labios con un tono, del que el payaso menos ducho, para pintarse la cara, aceptaría de buen grado.

Su piel, de un mesiánico deseo achocolatado, portaba siempre un blanco radiante tachonado de motas ambarinas. Cada vez que le mirabas deseosa, y cuando llegaba a sus labios un “te quiero”, su piel cambiaba como un camaleón ruborizado.

Femme Fatale por antonomasia, sus labios de achocolatados sabores, sus ojos de fuego e ígnea mirada te derretían, con su piel marfileña y sus movimientos sensuales carentes de maldad implícita, te empujaba a una vorágine de pasión descontrolada, cuando ella solo quería. Cual mantis religiosa te arrastraba en el juego de la cama como quería y cuando quería, bailaba no únicamente con tu cuerpo si no con tu alma. Para que al final murieras en su corazón.

“Cest la vie” decía cuando me tiraba la ropa mientras contemplaba su cuerpo desnudo frente al espejo y se atusaba el cabello sudoroso.

“Como bolsas de basura… nos tratas” intenté articular cansado.

Ella se dio la vuelta y contemple sus pechos perlados con gotas de sudor que relucían con los primeros rayos de la mañana.

“Si no te gusstaa como ssoy lo poudemoss dejar en essté momentó” dijo con un fingido acento francés, sabía como atarme, sabía como mantenerme a raya y cual mascota de compañía cuando dar el premio y cuando dejar con el deseo.

26. William Ernest Fleming: LA TORRE

Un Principio…

Allí estaba en el mismo centro del mundo, con aquella construcción inexistente en el mismo punto que decían todas las leyendas. Un pilar que se alzaba hacia el cielo y se perdía en la inmensidad.

Parecía que no estaba construido con ningún tipo de ladrillo, pero a veces se podía ver, como cuando crees que ves a alguien por el rabillo del ojo, como las rocas se movían, se salían o entraban dentro del pilar. Lo recorrió en busca de una puerta una entrada pero no había nada. Recordó lo que le enseñaron sobre la torre, era algo que no existía pero existía, en el mismo centro del mundo en el mismo centro de todo el poder, de todo mal de todo bien, nacía de la misma tierra y se alzaba hasta el mismo cielo una representación de absolutamente todo: del tiempo del espacio, del ser y del no ser.

Volvió a recorrerla con aquellas palabras en la mente pero esta vez pudo ver una puerta, una enorme puerta de madera ajada y podrida, los gusanos salían por pequeños agujeros y reptaban por ella, los que no lo conseguían caían al vacío y antes de llegar al suelo desaparecían como fantasmas…

Miro hacia el infinito y veía al igual que el efecto que hay en el desierto, cuando parece que el horizonte se derrite, como la torre se derretía pero no solo físicamente si no temporalmente, podía ver como los trozos de torre caían sobre él y desaparecían, como ventanas improvisadas enseñaban el terror y la muerte que reinaba dentro: viendo monstruos, de un solo ojo y boca pestilente, como degollaban a jóvenes vírgenes y se comían sus corazones…

27. William Ernest Fleming: ADIOS

Mientras ponía el último disco de su turno aprovecho para salir al balcón y fumarse el último cigarrillo de la noche. En la terraza, se encontró con la figura entre las sombras de una chica, una joven pelirroja que le miraba socarronamente, cuando se acercó desapareció, cayendo hacia el abismo resplandeciente de un rio de luces y sonidos estridentes; al lanzarse a su imposible rescate pudo ver como no había nadie.

En el aire, el sonido de la música “Soy la única chica que te tuvo”

28. William Ernest Fleming: HOTEL HELL

Se despertó sudoroso; la camiseta se le había pegado al cuerpo como una segunda piel. La cabeza todavía le daba vueltas y no recordaba nada de la noche anterior. Al poner los pies fuera de la cama, se hundieron en una alfombra que produjo un sonido mojado. Levantó un pie y vio cerca botellas vacías de vino y whisky.

Aunque todavía no era verano, las noches las pasaba sudorosas y casi en vela. ¿Serían los efectos anestésicos de las continuas borracheras lo que le producían las continuas pesadillas o eran los recuerdos de las personas que había matado?

El teléfono sonó, el repiqueteo de la línea le dejaba la cabeza destrozada. Echó la cabeza hacia atrás y vio manchas rojas en el techo.

-Buenos días señor, este es el servicio despertador. Gracias por habernos elegido -escuchó tras la línea. Después, cortaron.

Levantó los pies y comprobó que no era líquido, no el que él creía. Sus pies estaban tiznados de rojo, y, cuando la nariz salió de su letargo nocturno, una bofetada de nauseabundo olor le dio de pleno: era sangre lo que supuraba de la alfombra.

Maldijo, ¿qué había pasado? Se tocó el pelo intentando, con ese movimiento, conseguir algún recuerdo, pero también lo notó viscoso. Más aun, se notó tan raro que comprobó, una vez más, si la viscosidad era algún indicio, y claro que lo era; profundizó en una cavidad en su cabeza, un agujero que con el tacto parecía mucho más grande.

Se abalanzó sobre el espejo del baño viendo los desperfectos… Tenía media cabeza abierta, los sesos le colgaban del agujero; pero de lo que no sé dio cuenta, es de un cuerpo tirado en la cama, con botellas de whisky alrededor suyo y un revolver en una de sus manos…

29. Gotzon Relatos Encallados: EL ECO

Una gran sonrisa iluminaba su cara cada vez que emitía un nuevo sonido, apenas unas décimas después, la montaña le contestaba milagrosamente. Emocionado por aquel efecto sonoro, probó con gran variedad de gritos, graves y agudos. Tarareó sus canciones preferidas, aplaudió, silbó, susurró su nombre y el de sus mejores amigos, siendo siempre respondido en los mismos términos, resultaba fascinante.

Pronto, el niño comenzó a mostrar síntomas de aburrimiento. Con aire burlesco y apoyando sus pequeños dedos en los labios, despedía desagradables pedorretas en dirección a la inmensa pared natural. Continuó su inocente travesura profiriendo hirientes insultos cada vez con más ímpetu y descaro, incluso acabó lanzando afiladas piedras contra la enorme roca que tenía en frente.

Aquel niño creció, y lo hizo demostrando un admirable respeto hacia el entorno que le rodeaba. Ya anciano, a menudo se contempla pensativo ante el espejo, no puede evitar acariciar con las yemas de sus dedos las profundas cicatrices que continúan deformando su rostro. 30. Marcos Rodríguez Lo extraño no fue que viniese, sino que se quedara.

Su estancia, por lo tanto, resultaba incómoda. Nadie se acercaba, pues ya se sabe que el primer paso dado por un individuo dentro de una sociedad titubeante, se convierte en estigma. Las segundas miradas se trasladaron a mí, pues era la anfitriona, y según las reglas sociales, me tocaba mover ficha. Dos de las opciones eran, levantar mi copa en su dirección aprobando la asistencia, o mirar hacia el hombre de seguridad, para que elegantemente le invitaran a salir. Quedaban escasos segundos para que los murmullos comenzaran, momento en el que moriría la fiesta para resucitar en corrillos de críticas. Uno, dos y…

Las revistas no hablaban de otra cosa al siguiente día. La forma con la que la anfitriona solventó la presencia tan extraña de ese personaje, no dejó indiferente a nadie.

31. Salvador Robles Miras: EL DESCUBRIMIENTO DEL LADRÓN

Su primer robo fue el último.

La casa de veraneo en la que se coló estaba atestada de libros, sólo de libros. Nada que mereciera la pena robar. Cuando se disponía a marcharse con el macuto vacío, descubrió en una mesita del vestíbulo un extraño aparato que atrajo su atención, tal vez fuera un ordenador portátil diminuto. Pulsó un botón para comprobarlo, y en la pantalla apareció la primera página de “Grandes esperanzas”, de Charles Dickens. Leyó una palabra, y otra y otra…, y una frase y otra y otra…, y un párrafo, y otro, y una página, y otra… Al ladrón se le hizo de noche con el lector electrónico entre las manos.

De madrugada, salió de la casa con un tesoro bajo el brazo: la verdad de las mentiras.

32. Salvador Robles Miras: EL GRAN DÍA

Sueña desde hace tiempo con que el sábado será su gran día, el día en que conocerá a él, al hombre de su vida. Los primeros cuatro días de la semana, aunque se le hacen muy largos, terminan por consumirse. La inminencia del sábado convierte al viernes en un día menos tedioso que el jueves; cuando llega la hora de salida de la oficina, a las seis de tarde, se encamina a la peluquería, en donde tiene reservada hora todos los viernes del año. Se pasa gran parte de la mañana del sábado entre el cuarto de baño, acicalándose, y el dormitorio, probándose vestidos delante del espejo del ropero. Por fin llega la tarde anhelada. No ocurre lo que esperaba. No ese día, pero será el sábado. Su gran día será el sábado, el próximo sábado.

33. Federico Fayerman: LA CAMA NIQUELADA

Te imaginé tumbada a mi lado, desnuda. Toqué el pezón de tu casi inexistente pecho y desperté.

Los niños correteaban por la plaza, alrededor de la estatua de alguien celebre, quizás un rey, quizás un poeta. En cualquier caso de alguien que estaba muerto.

Los gritos de los muchachos llegaban hasta el balcón entreabierto. Los visillos corridos dejaban pasar la luz, hasta la cama niquelada.

Besé tu pezón frio y lo cubrí con los largos rizos de tu pelo. Me levanté y cerré los ventanales.

Miré abajo. Un rey o un poeta. En cualquier caso, alguien que estaba muerto.

34. Salvador Robles Miras: EL JUEGO DE LA VIDA

Era un viejo pobre y solitario que jugaba a todas horas, hasta en sueños jugaba. Y jugaba a lo único que tenía: vida vivida. Al amanecer, se imaginaba que era un mocoso que correteaba por el patio de la casa familiar; por la mañana, el mocoso se convertía en un adolescente que se comía con los ojos a la hija del tendero de su pueblo natal; al mediodía, el adolescente se transformaba en un apuesto hombre que, acompañado por la hija del tendero, ya una bella mujer, cortejaba al futuro en la orilla de la playa; por la tarde, el hombre se transmutaba en un padre primerizo que, junto a la mujer bella y amada, ahora madre, caminaba por el parque empujando la sillita en la que dormía plácidamente un hermoso bebé; al anochecer, el padre era un viejo viudo que se introducía en la cama acompañado de los recuerdos coleccionados en sus ochenta y cinco años de existencia. De madrugada, en sueños, se lo pasaba en grande jugando al juego de la vida.

35. Federico Fayerman: NAGASAKI

Nozoni paseaba como todos los días por el jardín. Eran las once de una mañana triste. Con sus manos unidas tras la espalda y la cara levantada al cielo, aspiró el aroma de los crisantemos y de la tierra mojada.

Caminó hasta el estanque y se sentó en un banco cerca del agua. En sus labios germinó una sonrisa.

En aquel mismo momento, se abrió un claro entre las nubes. El B-29 abrió sus tripas y liberó al Hombre Gordo.

Nozoni la vio caer y sus ojos negros se fundieron con el sol naciente.

36. Salvador Robles Miras: EL PLACER DE UN LIBRO

-Me haces cosquillas.

-¿Qué? ¿Quién? –preguntó la niña, con el lector electrónico entre las manos, mirando a su derredor.

-He sido yo –le dijeron las letras impresas desde la pantalla.

La niña, asustada, dejó el lector sobre la mesa.

-No temas, y cógeme de nuevo, tonta.

La niña, con cierta prevención, fue acercando los ojos a la pantalla.

-¿Cómo puedo hacerte cosquillas a ti, que eres un libro electrónico?

-Con tus pestañas, cuando me lees… Léeme.

La niña leyó, y el libro, al sentirse cosquilleado, emitió un suspiro de placer.

37. Federico Fayerman: ¿SUEÑOS?

Noté sus manos enguantadas apretándome la garganta. Intenté soltarlas, pero no pude. Estaba soñando.

La noche del día siguiente soñé que estaba muerto y la otra, que me enterraban.

Las noches siguientes no soñé; intenté despertarme, pero no pude.

38. Salvador Robles Miras: LA ÚLTIMA MIRADA

El avión transoceánico en el que viajaba estaba a punto de estrellarse. Durante unas decenas de segundos, en los que el tiempo cronológico se ralentizó, el hombre visualizó, como en una película, los momentos más decisivos de sus cincuenta años de existencia, y no halló consuelo ni en una sola escena. Su vida había sido un absoluto fracaso. Qué muerte más amarga.

En un asiento del otro lado del pasillo, en la misma fila, una mujer menuda, entre sollozos y con las manos enlazadas contra el pecho, como si implorase a las alturas, repetía incesantemente los nombres de sus tres hijos: “Daniel Darío, María de los Cielos, Juan Jacobo… Daniel Darío, María de los Cielos, Juan Jacobo”. El hombre, en un impulso, se acercó a ella y le cogió las manos.

-Échese en el asiento, señora. Yo la protegeré con mi cuerpo. Tal vez usted consiga salvarse.

La mujer, con los ojos rebosantes de lágrimas, dirigió a su protector la mirada más hermosa que éste había visto jamás: la mirada del agradecimiento. Fue un segundo antes de que el avión se hiciera trizas contra una montaña.

Toda la vida del hombre no había sido un fracaso.

39. Federico Fayerman: UNA TIENDA DE PUEBLO

Al entrar en la tienda noté que me pertenecía. Sus vasares congestionados de libros, cuadernos, tebeos y material de papelería me devolvían a mi infancia.

Había vuelto a penetrar en ese mundo del papel, de la tinta, de los lapiceros de colores y del pegamento, que me rodeó hace más de cincuenta años.

El mostrador, cubierto con la prensa del día y las revistas en color, precedía a los dueños de la papelería. Me dijeron:

– ¿Qué desea, señor?

–Oler.

40. Federico Fayerman: LA COJITA

En la playa. A las ocho de la tarde el mar se había calmado y llegaba con pequeñas ondas hasta la arena. Las sombrillas más cercanas al agua dejaban su sitio a las cañas de pescar, que se cimbreaban empujadas por la brisa fresca del atardecer.

La niña tenía cuatro o cinco años. Se acercaba una y otra vez a la orilla del mar cojeando y arrastrando su pierna rígida, tatuada en el muslo con un enorme costurón. Al llegar donde las olas depositaban su última espuma se dejaba caer de bruces. Se impulsaba con los codos y metía su cabecita en el agua como intentado bucear. A veces rodaba sobre sí misma. Después, con mucho esfuerzo trataba de erguirse pero casi siempre volvía a perder el equilibrio. En su cara mojada se dibujaba una maravillosa sonrisa.

El padre de la niña, que la vigilaba bajo una sombrilla se acercó y tomándola de la mano la llevó unos metros mar adentro y le quitó la arena que se le había depositado en el pelo. Se bañaron juntos y jugaron con las olas.

Unas cometas de colores y formas diversas brincaban ondulando el viento con piruetas arriesgadas, como huyendo de su sombra.

Mientras la secaban con una gran toalla de rayas, antes de regresar a casa, la niña cojita, sujetándose en los hombros de su padre bailaba sobre la arena húmeda y cantaba. Bailaba, cantaba y reía.

41. Federico Fayerman: LA CHICA DEL BAR

-¿Qué va a tomar? -preguntó, mientras sujetaba detrás de la cabeza su melena atrevida. No contesté.

-¿Qué va a tomar? –repitió, dejando que el pelo fluyera entre sus dedos. Sobre sus hombros. No me salían las palabras porque me había quedado enganchado en sus ojos negros.

Y se lo dije.

Sonrió y sin dejar de mirarme los abrió hasta el infinito.

42. Federico Fayerman: MIRABELA

Mirabela bajó la pendiente de cantos rodados hasta la playa. Se descalzó y corrió hacia la orilla, dejando deslizar sobre sus caderas el ligero vestido de tirantes que la cubría. Sus pies menudos entraron en el agua y tras ellos todo su cuerpo. Su pelo largo y suelto parecía perseguirla mientras nadaba mar adentro, y al poco se detuvo y miró al horizonte. En aquella dirección, a muchos cientos de kilómetros estaba Rumanía, su país. Sus pensamientos volaron una vez más hasta la familia dejada y añorada y recibió en su cara un viento suave y cálido que parecía traerle el olor de su casa y creyó escuchar, cómo el rumor del mar le trasmitía susurrante el lenguaje de sus gentes.

En la arena, una voz gritó su nombre, y despacio, Mirabela regresó, brazada tras brazada, disfrutando de la frescura del agua sobre su pequeño y desnudo cuerpo de piel joven.

La estela plateada que cortaba el mar la iluminó por un instante mientras ella sujetaba y escurría su pelo sobre la nuca. Un pelo negro tan brillante como la misma luna llena que la admiraba desde lo alto. Después, se dejó caer sobre la arena mojada y cerró los ojos deseando que aquella voz amada la arropara.

43. Salvador Robles Miras: LA NOCHE DEL ADIÓS

Cuando la noche se adentró en lo más profundo de la oscuridad, el silencio reinante en la casa fue roto por los tenues sollozos que dos criaturas trataban de ahogar contra la almohada. La abuela y el nieto, en habitaciones contiguas, después de resistir durante varias horas para preservar el sueño del otro, habían cedido al empuje de la nostalgia con un día de antelación. Para el niño, la anciana, su abuela, era su madre; para la anciana, el niño, su nieto pequeño, era su hijo. Y una madre y un hijo pequeño no deben separarse hasta que la voluntad de uno de los dos lo quiera. Pero las circunstancias, ajenas a los deberes sentimentales, habían decidido separarlos para siempre dentro de unas horas… ¿Unas horas?

El niño saltó de la cama y corrió hacia la habitación de la anciana. Ésta, entre lágrimas y sonrisas, lo recibió con los brazos abiertos.

-Ven, hijo.

El pequeño se metió en la cama de su madre, y, en la noche del adiós, el tiempo de las vivencias detuvo el tiempo cronológico. La eternidad se había convertido en ahora.

44. Salvador Robles Miras: EL BOLERO DEL RECUERDO

Tenía encendida la radio a todas horas. Anhelaba volver a escuchar el bolero que días atrás oyó de casualidad, el mismo que sonaba en la cafetería cuando ella le dijo que debía dejarle. “¿Por qué?, preguntó él. “Pronto lo sabrás”. Semanas después, el hombre se enteró de que la mujer se marchó para ahorrarle el sufrimiento de los sufrimientos. La muerte se había fijado en ella. El bolero, para él, simbolizaba la esperanza de revivir en todos sus detalles el día en que la muerte venció al amor, la única manera que concebía de darle a la mujer lo que se merecía: la imperecedera ofrenda del recuerdo.

45. Salvador Robles Miras: EL AMOR DE LOS DEFECTOS

Ella tenía tantos defectos o más que él. Tal vez por eso, por sus defectos, ella y él se unieron primero y se amaron después. Tal vez. Lo único seguro es que, al unirse y al amarse, o al amarse y al unirse, descubrieron, atónitos, que cuantas veces se miraban, veían reflejados en los ojos del otro la perfección de los defectos.

46. Daniel Clemente Santos: LA CARTA

Hola amigos:

Os quiero decir que todo lo que la vida te da es un momento sincero y amargo al mismo tiempo. Decir porque tengo que aparecer y tenerme miedo me duele mucho. Se que soy lo peor que el ser humano puede desear y nadie piensa en mi. Quiero cambiar pero se que yo no puedo hacerlo, nadie me quiere a su lado. Yo se que viviré amargada debido a que yo misma no soy alegre conmigo misma. Mi misión es muy dolorosa sobre todo para mí. Ver caras tristes no me produce alegría. La verdad es que queridos amigos nadie me merece pero llega un momento en que un ciclo se termina y yo por desgracia mía tengo que aparecer.

A veces pienso que las personas sufren más con la vida, que conmigo. En verdad me miento a mi misma y lo único que quiero es esconderme de lo que yo realmente tengo que concluir.

Pensar en mí como algo que llega con todos los deseos cumplidos, y la verdad querido amigo, es que a veces por imprudencias aparezco y la verdad es que me duele mucho hacerlo. Más prudentes y coherentes tenéis que ser queridos amigos. Yo lo mínimo, tengo que llegar a los sitios y lo único que quiero es descansar en paz sin tener que ir a un lugar. Solo a los lugares en los que un ciclo de vida se ha terminado.

Un saludo

La muerte

47. Daniel Clemente Santos: EN MI VENTANA

Junto a la ventana, divise la calida compañía de las estrellas.

La luna en todo su resplandor, me dedicaba su cariñosa y amplia sonrisa.

Mirando aquel cielo hipnotizador, mi mente viajaba por el mismo camino que los cuerpos celestes. Merecía la pena poder hacer aquel viaje.

Consistía en que un cuerpo celeste tiene un recorrido como los seres humanos tenemos marcados la vida y la muerte.

Allí en esa ventana se puede ver todo aquel suceso de sensaciones con tan solo mirar y contemplar lo maravilloso que es el cielo.

Es un lugar muy bonito, pero a la vez misterioso debido a que no sabemos más allá de nuestro universo, como la propia vida.

En la ventana me empezó a dar sueño, de repente una estrella fugaz hizo aparición en el cielo. Mi deseo fue que mi camino fuese tan bonito como el recorrido que vemos de las estrellas fugaces.

Cerré la ventana, me dormí en mi cama y soñé esa noche que yo era aquella estrella que había contemplado fugazmente en el cielo.

48. Cruciforme Ex Ox: MIGRAÑAS

Las migrañas invaden mi cabeza y me torturan, segundo tras segundo, minuto tras minuto, hora tras hora. Cuando el dolor se vuelve insoportable, llamo a gritos a mi madre.

Ella, suspirando resignada, abandona su descanso y camina hasta la cabecera de mi cama. Después apoya sobre mi frente las frías palmas de sus manos y siento cómo la calma, la bendita calma, recorre todo mi ser.

Eso, amigos míos, eso es amor.

Sólo por eso la quiero.

La quiero, aunque lleve diez años muerta.

49. Beatriz Giovanna Ramírez: VOLVER AL JARDÍN

Adán llegó a El jardín de las delicias; pero no se encontró con el amor de su juventud. Ella le aguardaba en otro cuadro.

50. Paloma Luengo: TINTA AL SOL

Al terminar de escribir mi novela en Julio del verano pasado, estuve más de una semana buscando el nombre apropiado para ella. Desesperado la arrojé a la piscina, y al día siguiente arrepentido,buceé en su busca. La dejé con delicadez sobre el borde de la piscina para secarla. A las tres horas tenía en mis manos mi nueva novela: “Tinta al Sol”.

51. Victoria Torres Quezada: VIVA EL BUFÓN

Anónimo7

Ante la majestuosa pareja real, el arlequín procedía a hacer sus jugarretas. Los invitados a la ceremonia comentaban a viva voz lo cómico del personaje que saltaba sin ton ni son, sólo con el objetivo de entretener a sus señorías. Sin embargo, por lo bajo, los invitados comentaban el rostro amargo del rey. Los ojos casi cerrados, las arrugas succionando su carne de forma más insidiosa que la habitual y la corona desplazada hacia el costado de su cabeza, le hacían ver como un triste remedo de su antigua pompa. El bufón, en tanto, hacía aparecer y desaparecer cartas con el símbolo del corazón. Varias veces la reina se paró a aplaudirle. El rey, sin embargo, permanecía en un estado de fría ensoñación.

-¿Queréis bailar conmigo, alteza?

La invitación del bufón provocó que muchos invitados se llevaran una mano a la cabeza. “¿Podría aceptar, Su Señoría, bailar con un nimio vasallo?”, se preguntaban todos. Entonces la reina tiró a un lado su capa real y extendió su mano al arlequín.

Mientras bailaban, el rey comenzó a tener espasmos. Una doncella se percató y lo gritó: el rey estaba muerto. Entonces la reina dijo:

-¡El rey ha muerto! ¡Viva el bufón!

52. Max Voyager: MUJER DE DERECHO

Era una noche lluviosa y fría, todos los alumnos parecíamos unos soldados inmóviles, atentos recibiendo instrucción, el profesor de curso de tercer año nos hablaba sobre derecho penal, mis ojos se comienzan a llenar de lágrimas, trato de disimularlas pero no puedo, el dolor y rabia son muy fuertes, a la mente se me viene la cara de mi esposo, él es la razón por la cual he tenido que ponerme a estudiar derecho, no sé cómo puedo aguantar tanto, familiares y amigos me han dado la espalda pero hay una fuerza invisible que me pone en pie. Hoy por la madrugada fui hacer la gigantesca cola para visitarlo, gente de toda condición peleando por hacer valer su lugar, luego de pasar una serie de vejámenes me pongo la ropa ante la inhumana revisión, paso finalmente, lo puedo ver, tengo que contener mi frustración porque él está más débil que yo, “ya no aguanto más” me dice, nos ponemos a llorar, nos abrazamos y tratamos de darnos fuerzas. “Hoy entendí que la justicia es realmente ciega, tú no deberías estar aquí” le digo al despedirme. Como todos los martes llego tarde al estudio donde trabajo. Por la noche, ya muy tarde después de clases, casi desfalleciendo llego a casa, mis hijos están durmiendo mi mamá los ha acostado. Como todas las noches, reviso la carpeta de mi marido, mañana le estoy sugiriendo al abogado pedir la declaración de testigos que no fueron considerados inicialmente, si todo sale bien podría salir en libertad. “Dios mío dame fuerzas”.

53. Beatriz Giovanna Ramírez: BANDEJA DE ENTRADA

Había mirado infinidad de veces el correo electrónico, ansiosa por recibir un mensaje de él. Justo la vez siguiente a la infinita, lo recibió. Nadie lo leyó.

54. María Richart: EL PROCESO DE LA LOCURA

“Colgué el teléfono, la oreja me quemaba. Mi cuerpo estaba entumecido y mi cabeza cubierta de una nebulosa que distorsionaba todo a mi alrededor. Mi habitación no era mi habitación, era una lavadora gigante en pleno proceso de centrifugado que me lanzaba intermitentemente contra las paredes como si yo fuera un simple trapo sucio. Mi mundo no era mi mundo, era un pedazo de tierra hostil que me aferraba con su magnetismo a una vida que no quería vivir. Mi vida ya no era la que había soñado, era un chiste cruel que se repetía y que siempre terminaba de la misma manera: dando con mis huesos en el ataúd de mi cama. Mi cama que se volvía ataúd por las noches, cuando la espera de la mañana se me antojaba dura como la misma muerte y se volvía refugio por las mañanas cuando esa muerte momentánea era mucho más atractiva que el afrontar un simple día más. Tan conocida era para mí esa sensación… Estaba convencida de que por fin, aquella era la definitiva: me volvería loca de verdad. No había duda, puesto que nadie en su sano juicio hubiera gozado de estos pensamientos macabros si no fuera por la evidente razón de que el óxido de la locura empezaba a hacer mella en los líquidos fluidos de su esponjoso cerebro. Entonces me dieron ganas de abrirme la cabeza y extraerme yo misma el óxido que me envenenaba por dentro. Pero en lugar de eso, gritaba y lloraba y me retorcía en ese lecho que con el paso de los días sería cuna de una nueva vida que nacería dentro de mí misma. La resurrección, el paso de la luz, de la cordura, de la tranquilidad y de alguna manera a la necesidad de ser feliz de nuevo.”

55. Cybor Moon: LEJOS DE CASA

Después de una jornada ininterrumpida desplazándose con un trote cansino, sobrepasaron un promontorio pelado para encontrarse con un poblado de aspecto siniestro y desconocido para ellos. Se pararon un instante para comprobar su penoso estado y antes de inspeccionar las chozas de piedra se desentumecieron las piernas con varias descargas eléctricas. El sol caía por el horizonte, dando un aspecto cálido con su tonos rojizos y anaranjados a todo lo que alcanzaba, algo que contrastaba con la rápida bajada de las temperaturas, pues se encontraban en pleno invierno de aquel inhóspito planeta tipo K.

Sus trajes orgánicos estaban al borde de la deshidratación y empezaban a sufrir espasmos por toda la musculatura que cubría su exoesqueleto. Sin dejar de vigilar la veintena de estructuras arremolinadas en el centro de la planicie, bajaron despacio por un lateral de la colina guiados por el olfato de su traje y enseguida pudieron meterse en una pequeña charca resolviendo rápidamente el problema de la hidratación, recuperando los niveles de energía con la absorción de una ración de sopa iónica.

Se dividieron en dos grupos, que avanzaron en zigzag, abriéndose para rodear el pequeño asentamiento y cuando alcanzaron la distancia de seguridad encendieron sus escáneres individuales. No encontraron ningún signo de vida, ni detectaron movimiento alguno. Entraron en el asentamiento por dos puntos distintos y, después de inspeccionar una a una todas las chozas descubrieron que eran túmulos y parecía que estaban abandonados desde tiempos inmemoriales. Ocuparon varios de los panteones para evitar pasar la noche a la intemperie, establecieron los turnos de guardia alrededor del cementerio y contactaron con la nave en órbita para dar su posición, informar de la huída y recibir nuevas instrucciones.

56. María Richart: HAZ CON LOS DEMÁS, LO QUE QUIERAS PARA CONTIGO…

Cada vez que te llamo, es porque quisiera que tú me llamaras a mí. Cuando te pregunto: ¿cómo estás? Es porque estoy mal y necesito que me lo preguntes. Cuando me enfado contigo, es porque he hecho algo mal… y quiero que te enfades conmigo. Cuando quiero que te enfades conmigo es porque necesito que me demuestres que te importo. Por eso continuamente intento demostrarte que me importas. Cuando te ignoro, es para que sepas lo que duele tu ignorancia. Cuando lloro, es porque no puedo más… porque me gustaría verte llorar por mí también.

Cuando te digo que quiero hacer algo, es porque quiero hacerlo contigo.

Cuando te digo que quiero ir a algún lado, es porque quiero ir contigo.

Cuando te digo que te quiero, es porque quiero que me quieras.

Si te pido que no cambies, es porque me gustaría no haber cambiado yo. Si te odio cuando te rebajas, es porque odio tener que rebajarme.

Si te grito… es porque te tengo que decir más fuerte lo que te digo… porque no tengo valor para decírtelo más claro.

Y si me callo…

Si me callo es porque sé que por mucho que te grite, tú no vas a entenderlo.

57. Cristina Ares: DOBLES GANAN

Se miró las manos y comprobó su sospecha. Regresaba al reino de lo improbable.

Una mañana no se vio en el espejo, su reflejo había escapado del cristal. Blanca pensó que aún estaba dentro de los límites del sueño. Ya segura de estar despierta no hizo alharacas pero quiso devolverla a su lugar y cometido, la de tranquilizarla imitando sus gestos.

No consiguió hacerla regresar, la doble le tomó gusto a la vida independiente, y ella se acomodó a las múltiples ventajas que le ofrecía. Le permitía leer un rato o descansar mientras su álter ego iba la compra o llevaba a los niños a natación. Al volver por la tarde del trabajo encontraba la casa limpia y la comida a punto. Los vecinos las creían gemelas y no hicieron preguntas. Los niños y su marido la aceptaron bien, en poco tiempo nadie se planteaba la vida familiar sin ella.

Acaso debió notarlo antes. Sentía que se parecía cada vez menos a sí misma, y su doble se parecía más cada vez a la que ella había sido. No se reconocía en las antiguas fotos, incluso sus conocidos confundían las identidades de las “hermanas”.

La otra estaba al lado de los niños, que coloreaban un libro, y Blanca se sentaba en el sofá. La hoguera que siempre había ardido en su interior se había debilitado. Para reavivarla tenía que alejar a la intrusa, pensó. Añoraba su existencia de cuando era la única.

Entonces se miró las manos y observó que se estaban volviendo translúcidas. En poco tiempo se iría transparentando toda ella. No le importó demasiado, su doble la había reemplazado en la cama de su marido y sus hijos la llamaban mamá; ella había pasado a ser la otra, una mala copia de sí misma.

58. Chester Locuras Literarias: RESPONDIENDO A MARÍA

No te llamo porque prefiero estar contigo. Si estás mal, me gustaría que me lo dijeras, que te desfogaras conmigo; no te enfades y dilo, confía en mí, hablémoslo, pues no me gustan las riñas. En el caso de que alguna vez me enfade … será porque me importas; aunque existen otras muchas formas de demostrarlo. Duele que me ignores, pido perdón si yo lo hago. Cuando lloras, es porque he hecho algo mal, no intencionado.

Cuando me dices que quieres hacer algo, muevo montañas por hacerlo.

Cuando me dices de ir a algún lado, hago lo imposible por ir.

Cuando me dices que me quieres … el corazón se me paraliza.

Si me pides que no cambie, tampoco quiero que lo hagas tú. Si me odias, es porque me he rebajado, y odio que te rebajes por mí. Odio que me odies. Quiero que me quieras.

No me grites, no te calles … déjame demostrarte que lo entiendo.

59. María Richart: LA GUERRA

Decidí, pese a todo, un día, empezar esta guerra que ya tenía perdida de antemano. Te arrastré sin proponérmelo a la lucha y te obligué a defender una libertad que jamás me habías ofrecido. La tuya.

Te provoqué.

Te reté en silencio sabiendo que no tenias causa por la que luchar. Me seguiste el juego, aún no entiendo por que razón. Rebatías mis ataques agresivos con pasiva indiferencia. Con la seguridad de quién se sabe poseedor de la victoria. Con la tristeza de saber que me habías vencido ya. Con la cobardía de no retarme a dejar de luchar… con la duda quizás.

¿Qué armas utilizar contigo? La naturaleza te había dotado de una coraza que te hacia inmune a los efectos de mis ataques. Los esquivabas con esa gracia y esa naturalidad que me hacían pensar que había estado tan cerca de dar en el blanco… Pero nada más lejos de la realidad. Eras inmortal.

En cambio tus armas, por sencillas que fueran, eran las más letales para mí. Disparabas balas sin querer y yo prefería dejar que se me clavaran antes que dejarlas ir, antes que desperdiciarlas. Vulnerable y convencida de no tener otra salida que dejarme herir por una guerra estúpida que yo misma te había obligado a compartir.

60. Daniel Castrillo: DEMIURGOS

Ese hombre no sabe…

Ignora que vos (demiurgo somnoliento, mortal aburrido) cesarás su latido en las frágiles sombras de un instante regular.

Ese hombre no sabe. Ni siquiera sospecha.

Cuando tu balazo de tinta lo esfume, poeta, volverá a ser metáfora, olvido, nada….

61. Daniel Castrillo: NADIE PREGUNTE

Olvidaba sus soles en el fondo de un bolsillo, vacío y remoto. Se-moría-por-si-te-quedan-dudas….

Nadie sabía por qué. Nadie podía despertarlo.

Ni los poetas con sus versos de papel, ni los corazones martillando caricias y silencios.

Nadie quería dejarlo partir. Pero el hombre moría.

Cuando ya el latido titubeaba y marchitaban los labios las resignaciones de ocasión, el hombre miró el techo y regaló su última sonrisa.

Después se levantó de la cama. Y ya no supimos…..

62. Daniel Castrillo. SUS PULGAS AL SOL

Un perro duerme sus pulgas al sol….

Nada le preocupa.

Ni el hueso que esconde tan secreto, ni el cliché de lealtades y mejores amigos.

No le preocupan la astucia felina, los carteros temerarios, los desayunos sin tintas o las muertes puntuales de sidra y sirena…

Nada le preocupa.

Sólo duerme sus pulgas al sol.

El resto es poesía…..

63. Raquel Viejobueno Uncafeconliteratos: LA PLUMA

El día 2 de Julio me regalaron unas plumas. Pensé en ese momento que ya todo estaba escrito. Me confundí. Faltaba lo más importante. El cartucho.

Cuando o encontré debajo de su lujosa tapadera, sentí escalofríos. Ahora no había duda tenía que escribir.

Desdibujé mis pensamientos en un folio en blanco. Tuve dudas. Me escondí detrás de la palabra, y desde lo más profundo de la frase, me encontré rendida ente el miedo del momento muerto. Ante ese instante que todos tenemos. El miedo ante el vacío y la sed de ideas. El miedo a que mi pluma se seque y no diga nada.

Trazaba elegantes letras que despertaban el instinto más primitivo.

Me alejé unos centímetros del papel. Todo paró. Leí con un susurro suave de aire las palabras tumbadas en el folio, esperando ser pronunciadas.

Comencé a leer;

“No hay tinta que pueda impregnarse en este papel. La muerte llega y la idea bosteza de aburrimiento. El tiempo se acaba. Ya no hay papel.”

Miré la pluma. El cartucho se había secado.

64. Jesús Gil: CAPERUCITA FEROZ

-¿Por qué tienes esas uñas tan grandes?

-Porque recién me hice manicure.

-¿Y por qué tienes esa nariz tan grande?

-Cocaína y una mala cirugía.

-¿Y por qué tienes esos ojos tan grandes?

-Notaste mi nuevo delineador, ¿no?

-¿Y por qué tienes esas orejas tan grandes?

-No son orejas, son agarraderas.

-¿Y por qué tienes esa boca tan grande?

-Te va a costar cien dólares averiguarlo…

65. Jesús Gil: OFICIO DE FICCIÓN

Entre la música estridente y el grupo de ejecutivos de la mesa de junto, que no dejan de aullar como adolescentes, ambos compadres tienen que hablar a los gritos para entenderse.

-Mire compadre, usté sabe que lo estimo un chingo y que por eso mismo es que le digo las cosas.

-Yo lo sé, compadre y no sabe cómo se lo agradezco.

-Sinceramente, creo que a sus catorce años, su muchacho debe dejar de creer en Santa Claus y en los cuentos de hadas y empezar a crecer. Quizá ya es hora de que se estrene con una mujer…

-No crea que no lo he pensado, compadre; es sólo que para mi mujer, la idea de traerlo de putas es inconcebible.

-Yo lo entiendo, compadre; pero tarde o temprano, va a tener que entender que ni el panzón diabético ese, ni las hadas, existen.

-Yo…

Un alboroto general impide que su compadre termine la frase.

La nena que lentamente bailaba y se desvestía sobre el escenario, inexplicablemente había caído fulminada al instante.

66. Jesús Gil: CRÓNICA DE LA CIUDAD DE CAMPECHE

La noche era una manzana recién mordida y el viento, una tímida caricia que bailaba sobre los tejados somnolientos.

En su vientre, la flama de la vela arrullaba las notas que saltaban de la hoja de papel pentagramado.

-Esos hijos de puta me la van a pagar -profirió el joven jazzista.

-Voy a enseñarles lo que vale mi trabajo…

Escribió durante siete días y siete noches sin tregua, movido por el hilo invisible de su música.

Cuando la partitura estuvo lista, tomó la flauta y se dirigió hasta el mohoso garito de donde lo corrieran aquella funesta noche sin pagarle un centavo.

Se subió al escenario y sin decir palabra, empezó a tocar la más seductora de las melodías que jamás pudo escucharse.

Justo cuando iba por mitad, se puso de pie y comenzó a caminar hacia la salida del lugar.

Siguió caminando por las calles y a su paso iban asomándose los curiosos desde los hogares y los comercios.

Para cuando llegó a la entrada de la vieja ciudad amurallada ya llevaba tras de sí, sin excepción alguna, a todas las mujeres que la habitaban.

Sin detenerse, torció camino a las montañas.

Nunca nadie volvió a saber de él ni de ninguna de ellas.

67. Viviana Vivas: LA HUIDA

-¡Corre! Corre! oía a cada paso que daba -¡No te detengas! escuchaba según iba avanzando.

No sabía como había llegado de nuevo hasta allí, sólo tenía claro que debía escapar, huir. El sinuoso sendero por el que iba dando tumbos había cambiado bastante. Ahora era un camino polvoriento, sin vida. Las bellas flores que antes adornaban la vereda habían desaparecido y la maleza, asilvestrada por el paso de los años, era la dueña absoluta del lugar.

Se sentía agotada pero no se detenía, seguía escapando, tenía que hacerlo. No estaba segura de cuanto tiempo llevaba corriendo. No sabía de quién huía. Miles de preguntas asediaban su mente: ¿debía detenerse y hacer frente a su desconocido enemigo? ¿tratar de esconderse…? Se sentía insegura, impotente, angustiada, perdida…

De pronto, apenas ya con fuerzas, sus pies se enredaron en una zarza y cayó al suelo. Volvió la cabeza y vio, por fin, a su perseguidor…

Ya nada podía hacer, todo estaba decidido y el último pensamiento de Alicia, antes de que el enorme y maldito conejo blanco se abalanzara sobre ella, fue lo que había cambiado el mundo desde que no visitaba aquel país de las maravillas…

68. Fco Javier Sanchez Donate: EL MALDITO DOCUMENTAL

Señor Juez, yo sólo quería dormir y esos malditos bajo mi ventana no me dejaban. Y por eso me puse a ver un documental en la tele, y dio la casualidad que trataba sobre las cruzadas y los métodos de defensa de las murallas. Así que considero que no es culpa mía lo que pasó, sino de aquel documental por darme malas ideas. ¿No lo cree usted?

69. Fco Javier Sanchez Donate: POR FIN

Cuando los hombres desaparecieron las cucarachas se reunieron y una de ellas dijo lo que todas pensaban: Por fin se han ido los hombres, ¿Es que acaso no sabían que todo esto es nuestro? Les hemos dejado hacer por pena, pero no veíamos el momento de quedarnos solas. Ahora, tomemos posesión. Y cuando se fueron y el eco de sus miles de pasos se acalló, una de las hormigas del rincón le dijo a la otra: ¿Qué todo esto es suyo? Qué ilusas estas cucarachas.

70. Carmela Negrete: EL DÍA M

– ¿Y ahora qué hacemos? Con la de palabras que hay para elegir, y les da a las personas por escoger “Marciano”, ¿no es un poco peligroso que hablen de nosotros?

– Yo creo que lo mejor es decir que tenemos problemas técnicos, al fin y al cabo, la mitad no tiene ni idea de cómo funciona un platillo volante. Además, si esto era un concurso para poner nombre a nuestro Mundo, que empiece por eme, ¿a qué viene hablar de nosotros?

– Me parece fuera de contexto que hayan elegido la palabra marciano, ¿estarán intentando enviarnos un mensaje?

– En todo caso, se trataría de un mensaje fuera de contexto, porque si quieren referirse a nosotros, ya lo pueden hacer siempre, pueden decir “Marciano, marciano”. Igual que “Malcovich, Malcovich” o “Limón, Limón”.

– Yo creo que estos humanoides con princesas se han caído de un Plutón, ¿qué tienen que ver los adornos con la cultura?

– Quítales un poco de aire, así aprenderán a no equivozar los símbolos.

– Yo voto por eso.

– Vale, pero pon un aviso de que ha sido un problema técnico de presurización.

(…)

– Hecho.

Carmela Negrete

71. Sandra Garcia: NOCHE X

Fue 24 de setiembre, un día loco. Una noche maravillosa, era un sueño a punto de hacerse realidad. Sería la luz de la luna, el alcohol o el cansancio pero aquella noche le conocí, al menos la parte que me gustó de él. Estaba muy guapo con ese traje y el pelo , aunque ya no estaba cuidadosamente peinado, todavía denotaba los restos de la gomina utilizada hacía ya varias horas.

Los dos solos en un sofá, hablando, aunque lo cierto es que no recuerdo de que hablábamos exactamente sólo recuerdo sus labios moviéndose, cómo se humedecían en cava; y sus ojos penetrantes, de dos colores, aunque en ese momento yo los veía totalmente verdes, un verde precioso oscurecido por las negras y largas pestañas que daban profundidad a su mirada.

Mientras hablábamos yo imaginaba esos labios cada vez más cerca, imaginaba que me atrevía y le besaba. No sentía nada por ese chico, al menos nada sentimental, porque obviamente me atraía muchísimo.

Justo cuando ya se acababa el cava lo decidí, no perdía nada, total, tenía la excusa del alcohol para justificarme si era necesario hacerlo.

Pero justo en ese momento el teléfono sonó.

72. Sandra Garcia: MI MUNDO

Imagino. Doy color y forma a un escenario mágico.

No es más que una pequeña parte de terreno, si lo miran unos ojos desdeñosos y mediocres; pero esos hermosos parajes me enseñan que lo que estoy pisando es algo más que tierra.

Aquí es dónde me pierdo sin querer llegar a ninguna parte, donde no existe el tiempo. Aquí respiro aire puro que no ha podido ser perturbado por las envidias, odios ni rencores de las multitudes.

Es fuente de vida y de inspiración para aquellos que apreciamos y agradecemos esos pequeños momentos del día en que todo parece estar en calma, esos instantes en qué reímos acompañados por nuestros amigos, esas conversaciones sobre nada en particular que mantenemos con nuestra familia, y esos largos paseos por pueblos pequeños perdidos en medio de la montaña.

En mi mundo es donde aprendo a valorar todos esos momentos de felicidad en mi vida, efímeros instantes en los que encuentro la razón para levantarme cada día, mi razón de ser.

Cada persona tiene un mundo particular al que hace escapadas con cierta frecuencia, éste es el mío, no es perfecto, pero esta es una característica que me ayuda a llegar a él cuando lo necesito.

73. Sandra Garcia: SOLEDAD

Cada mañana, me levanto sola. Desayuno sola. Salgo a la calle, hay mucha gente, ríos de cuerpos que desembocan en distintas bocas de metro, pero me siento sola.

Tardo casi 15 minutos en comprar mi billete de metro, porque sólo funcionan 2 de las 5 máquinas expendedoras. Avanzo entre la multitud, pero me siento sola.

Llega mi metro, efluvios descienden para dejar paso a nuevos riachuelos que ocupan los mismos lugares. Puedo sentarme, pero sigo sintiéndome sola. Y al empezar el trayecto de camino a mi solitaria oficina, imagino. Sueño que estoy en otro lugar, que no estoy sola ni me siento perdida.

Se rompe el momento, me levanto con una sonrisa tonta, saludo al señor que cada mañana baja en la misma parada que yo, me devuelve el saludo y con una sonrisa cordial se despide. Entonces pienso: quizás no esté tan sola.

74. Sandra Garcia:

Nacer pronto, aprender a hablar y andar, ir a la escuela, tener el primer desengaño amoroso, graduarse, trabajar, conocer el amor, independizarse, casarse, seguir cometiendo errores, tener el primer hijo, cambiar el coche, tener el segundo hijo, cambiar de casa, divorciarse, volverse a casar, tener otro hijo, seguir cometiendo errores hasta que ya no queda ninguno por cometer, es entonces cuando llega el final, o dicho de otra forma, es cuando llega un nuevo principio.

75. Maria Fuentes Garcia: EN CRISIS

Dijo Jung “Crisis es un termino médico que designa siempre un momento peligroso de la enfermedad. En el individuo, el periodo de disociación es un periodo de enfermedad: lo mismo ocurre en la vida de los pueblos.” Yo también estoy en crisis. Ya no soy joven. ¡Hice tantas maletas para no llegar a ninguna parte! Los principios que daban sentido a mi existencia cayeron por el lodo, arrastrados por la corriente materialista de esta época. He abandonado mi pasión por la literatura. Mi negocio hace aguas. Me recomiendan que encienda un cirio y rece, que compre un boleto de lotería. Rezar no puede ayudarme, pues dejé de creer en Dios. Creo que el dinero tampoco podría rescatarme de este abatimiento, este tedio, esta desgana en que se macera mi alma. Sólo deseo descansar, olvidar, dormir, no sentir…

76. Sandra Garcia: ¡QUÉ HAMBRE!

Cojo el libro de recetas, página 43 de la sección de entrantes y tentempiés

No me pienso rendir, yo comeré lo que realmente me apetece.

Sofreir la carne, el bacon y la cebolla con sal y pimienta.

Preparar un espeso puré de patata que sirve de base sobre el pan tostado untado previamente en abundante confitura de tomate con aceite de oliva y sal.

Encima colocar el sofrito ya enfriado, queso rayado y al horno.

Mmmmm, ¡Estará delicioso!

– ¡Mamá! Ya sé qué quiero comer hoy! – dijo la niña de 10 años.

77. Fátima Beltrán Curto: AMANTES DE LOS RELOJES

Dámaso Calidoscopio se consideraba un artesano del tiempo; el anciano, con más de ciento veinte años de edad, construía y reparaba relojes por encargo en su pequeño taller. Sus cronógrafos habían llegado a convertirse en codiciadas joyas para los más entendidos. Cada diez de Enero, por su cumpleaños, Dámaso Calidoscopio tenía preparado el pedido más importante de toda la temporada, para su mejor clienta. Dicen que nunca vieron que ella le diera un céntimo por su trabajo, pero que la Muerte se iba satisfecha del humilde obrador tras recibir puntualmente su presente. Dámaso Calidoscopio disponía así de un año más para seguir con su afición favorita.

78. José Ramírez Barrero: MI VIEJO

Mi viejo quiso matarme en vida pero no pudo. Era su afán, su monomanía, su delirio instruirme en el modo y manera de reptar, de agachar la cabeza, de pegarse cual rémora al culo del diputado, del alcalde para obtener un puestucho en algún instituto de nulo pelo, aburrido y mal pago, y conservar la chamba hasta el fin de los fines… «Gracias, doctor, por darme la oportunidad de servir a su causa. Votaré por usted, lo representaré de la mejor manera y le pagaré sagradamente su alcabala».

Mi viejo se empeñó en joderme, sólo que yo no me dejé joder… «Mire, ‘peluche’, cómo aprieto el gatillo. No me tiemblan las manos. Soy capaz de rellenarle la panza de metralla al muñeco que usted me señale, gratis, por cuenta y riesgo propios, sólo para demostrarle que tengo bien templados y puestos los cojones».

‘Peluche’ me abrió las puertas que conducen al éxito, pero fue mi talento el que me catapultó, el que ganó con lujo de detalles la aprobación de los jefes… «Madre, este teatro en casa es para usted. Rece mucho por mí, pídale a la virgen por mi salud».

Mi padre quiso matarme en vida pero no pudo. Yo labré a punta de sangre y fuego mi propio y glorioso destino y puse mi granito de arena para que este país de mierda se dejara gobernar por hombres de verdad, por barbianes con los cojones bien templados y puestos que saben cómo es la cosa, cómo se amasan fortunas, cómo se triunfa. Vamos por buen camino, madre mía, por la gracia de Dios, que sin su beneplácito y voluntad el fuego no quema, la metralla no mata.

79. Anónimo: NO TE ECHO DE MENOS

(Relato eliminado a petición de su autora)

80. Julio Buamscha C: LA VELA

Me enamoré de Antonia la primera vez que la ví… la primera! Y luego, cuando iniciamos nuestra relación, sentí que era perfecta para mí… salvo por un detalle.

Antonia tenía la costumbre de encender una vela cada vez que comenzábamos a hacer el amor y una vez que ésta se apagaba, por el motivo que fuese, ella se apartaba inmediatamente de mi cuerpo, en un movimiento tan rápido y calculado que apenas alcanzaba a darme cuenta.

– Soy supersticiosa -me decía-, tengo miedo de que nuestro amor se apague, como la vela.

En un principio no le di mayor importancia, suponiendo que pronto se le pasaría. Pero al ver cómo se seguía repitiendo la misma situación con el paso del tiempo, comenzó a surgir en mí un profundo y punzante cansancio.

Una noche, mientras nos amábamos apasionadamernte, Antonia acercó sus labios a mi oído y con voz quebrada susurró:

– Dime algo… ¿me amas?

– Tú sabes que sí, ¿porqué lloras?

– Es que tengo miedo, mucho miedoo-, suspiró fuertemente.

Y fue así como su suspiro apagó la vela encendida allí, en el velador, y sus miedos terminaron por apagar el amor prendido aquí, en mi corazón.

81. Oleguer Solsona: VICTORIA O DERROTA

El delantero se encuentra solo acercándose al área tras recibir un preciso pase en profundidad. Se acerca con pasos firmes al portero, que en una desperada salida intenta cerrar el ángulo y poner inquieto al goleador del equipo contrario. Duda entre regatear o chutar, quizá una vaselina o un disparo a la escuadra, o regatear por la derecha o la izquierda. ¿Qué tengo que hacer, dios mío?” parece preguntarse.

Su dios particular, en ese momento, nervioso y casi apunto de marcar el gol decisivo del último partido de liga en el segundo minuto añadido… Acongojado, con un temblor en todo su cuerpo…Pulsa por accidente el Cuadrado en lugar de la Redonda y envía el balón a fuera de banda. Suena el final del partido.

—Me debes un cubata— le comenta su compañero de sofá.

82. Oleguer Solsona: EL PUNTO DÉBIL

Suena el despertador muy temprano, como cada día. Palpa la mesilla buscando las gafas para poder observar la agenda que siempre deja a su lado; aún tiene tiempo de ordenar su rutina diaria. 5 minutos después, su marido, despertando, le agarra la mano justo cuando se va a levantar. Juguetón, pasa los dedos por su barriga, su ombligo, su torso. Él busca su punto débil, justo a la altura de las costillas; en una zona determinada que con sólo rozar le hace bajar la guardia. Cuando la toca, un rojo intenso invade su rostro y ríe tontamente, tiembla nerviosa, su mente se calienta y no le deja pensar. Tras ducharse, se viste con un traje negro, se maquilla, un café rápido, agarra la cartera con ímpetu y con rictus serio sale de casa. El coche oficial ya la espera enfrente de su enorme casa. “Buenos días, señora ministra” la saluda el chofer abriéndole la puerta. No le dirige ni una sonrisa ni un cortés gesto de agradecimiento.

83. Oleguer Solsona: LA EDUCACIÓN

Viendo el montón de exámenes de Segundo de ESO garabateados encima de su sencilla mesa, Francisco agarra un bolígrafo BIC rojo de un cajón, y se pone a corregir. Comprueba, a los pocos segundos, lo mal que esta la educación en este país. Alumnos que no escriben bien ni su nombre ni la fecha, que ponen y quitan haches como por azar, acentos abiertos en castellano, confusión entre la G i la J, participios acabados en AO y Madrid escrito con Z final. Observa, triste, deprimido, la cartera de piel marrón, típica de los maestros, que reposa en la silla de madera. Sin duda será la última vez que Francisco robe la cartera de un profesor en el andén de la estación de tren.

84. Victor Bascur Anselmi: APPETITUS INORDINATUS VINDICTAE

Con la frente aún húmeda por el agua ahí vertida, el hombre se adentró sigilosamente en el pequeño cubículo de madera. Una vez allí espetó de memoria la línea, casi cinematográfica, que había practicado durante los últimos veinte años de su vida:

-Mataré a un pederasta y vengo a pedir penitencia por eso.

Las últimas palabras del sacerdote fueron: Gerardo ¿eres tú?

85. Pedro De Andres Ventosa: HURÍES CON CHADRI

Soy Abdula y acabo de inmolarme en un atentado suicida a la mayor gloria del Islam.

Subo, gozoso, al Paraíso, donde según las enseñanzas del Profeta, me esperan bellisimas huríes de formas voluptuosas y ojos negros como garzas, dispuestas a satisfacerme por toda la eternidad.Aún resuenan en mis oidos las palabras del imán al darme su bendición:El sacrificio de tu muerte te servirá para pasar de una vida inútil y desgraciada a otra,reservada para los mártires, de disfrute de todos los placeres por toda la eternidad.

El atentado ha sido un fracaso, la bomba explotó de improviso y yo he sido la única victima,pero….!!YA HE LLEGADO!!exclamo exultante ante la vision de un paisaje maravilloso;un rio caudaloso cruza el horizonte y desde sus orillas un mar de verdor, salpicado de palmeras y arbóles frutales, cubren la tierra.Animales de todas las especies

bullen en las aguas,pueblan los cielos y pastan en la tierra.Una música embriagante completa el cuadro.

Veo unas jaimas y hombres paseando y me dirijo hacia ellos; reconozco a Basir y me sorprende su aire taciturno y cabizbajo; le saludo !!Hola Basir!!; con una mirada airada

me responde:!!Vete al Infierno!!.

Pensativo entro en la jaima y un mundo de placeres surge a mi vista: manjares exquisitos, anfóras de bebidas espirituosas, pero en medio del salón una realidad horrible:LAS HURIES SE HAN CONVERTIDO EN UNOS SERES DESCONOCIDOS, SIN ROSTRO, CUBIERTAS CON EL CHADRI.Sobrecogido escucho una voz de las alturas:

fELICIDADES,ahora vivirás como un aútentico creyente; me derrumbo y rompo a llorar amargamente.

86. David Ricardo: MI DESTINO

Cuando se acostó a mi lado aquella noche, luego de diez años de compartir nuestra cama, todo se aclaró para mi, entonces lo supe.

87. David Ricardo: LA PROMESA

Nos encontramos en el parque. Sabíamos que pasaría. Nos habíamos prometido en la secundaria que cuando el día llegara, nos volveríamos a besar con la misma pasión. Pero nos quedamos viéndolas dar media vuelta y partir. Su perra estaba en celo y el mío sin pedigrí.

88. David Ricardo: ¡A JUGAR!

“10, 20, 30, 40, 50, 60, 70, 80, 90, 100. No se vale por atrás, por arriba, por abajo o por los lados, salgo a buscar” Di media vuelta, los busqué, pero no encontré a nadie, me tocaba volver a contar.

89. David Ricardo: ESCONDIDAS SOLITARIAS

Un, dos, tres por mí que escondido estoy, donde nunca me van a encontrar.

90. David Ricardo: TITULAR

¡Encuentran niño que llevaba dos días desaparecido, se escondió en el carro de su papá, quién llevaba dos días buscándolo!

91. Miguel Aristondo: CHARADA

En aquella estación apenas habia gente y faltaban aún unos minutos para que pasara el metro. Se escondió en una cabina desde la que llamó a la embajada americana para pedir auxilio, una voz de mujer le contesto:

-Embajada americana.

– Oiga ¿es la embajada americana? Póngame con el despacho de Bartholemeu, por favor.

– ¿Quiere hablar un poco más alto?

– Lo siento, no me es posible. Ponga a Hamilton Bartholemew.

– Lo siento, el señor Bartholemeu ya se ha marchado.

– Señorita, alguien trata de matarme.

– ¿Quéee?

– ¡Asesinarme! Tiene que avisar al senor Bartolomeu enseguida, está esperandome en el Palais Royal, en el patio de las columnas. Dígale que soy la señora Lamper, y qué estoy acorralada en la cabina telefónica del metro.

Fuera de la cabina había alguien que corría, colgó el teléfono. Empezó a sentir una especie de escalfrio humedo. Quiso estar en otro lugar, lejos de aquella estación de metro. Le hubiera gustado ser una imagen en una pared, o la secuencia de una película en la que la actriz trata de escapar del villano de la película que resulta ser al final el protagonista, un Cary Grant de carne hueso, que la salva de un final atroz y se casa con ella.

– Uno nunca sabe exactamente de que huimos.

– Déjame ver el final de la película, contestó Javi impaciente..

92. Miguel Aristondo: DESDE DONDE ESCRIBO

Pudiendo narrar dentro de una sombra la luz que permite

Aquella misteriosa opacidad, el intersticio y el todo que alumbra la oscuridad,

Sin más remanencias que la sola evocación inexperta

De un flujo misterioso de negro sobre un tapiz incoloro

La dulce fragancia luminosa y lejana me llega desde los versos

De la musaraña que cuelga de la materialidad fibrosa que

Se interpone entre yo, poeta, y tú, misteriosa luz inaccesible

Más allá de interferencias y obstáculos, la inmanencia

De los versos que salpican sobre una lamina blanca,

Chisporroteando letras negras sobre la superficie luminosa,

Negro sobre blanco, una sucia brecha hueca incapaz de abrirse paso

Desde el lugar donde yo escribo esta oscuridad

No puedo saber si los demás perciben lo que yo no veo

Nadie parece advertir que la imagen está desenfocada de su primitivo negro

Un negro que me es negado por la luz que no veo, por su luminosa creación

Una luz que convierte mi mirada en metal y ceniza,

Pervirtiendo la posibilidad de una narración desordenada

Haciendo versos donde sólo había la mirada del otro

93. Rosita Fraguel: SI YO FUERA TÚ Y TÚ FUERAS YO

Cuento los minutos que faltan para el centrifugado, los euros en la cuenta corriente, las veces que Curro se ha meado en la alfombra, los seiscientos segundos de los macarrones, las canas que aparecen bajo mis mechas -¿otra vez a la peluquería?-, las veces que he fregado la misma sartén esta semana. Cuento calorías, las repeticiones de los ejercicios del gimnasio, las llamadas de mi madre diciéndome -sin palabras- que se siente sola. Las veces que te fallé. Cuento mis mentiras, cada vez que mi jefe me dice que no haga lo que me dijo que hiciera. Los días del ciclo de la píldora. Cuento las palabras de este microrrelato para cumplir -responsable, seria, formal-, de nuevo, la matemática.

94. Maria Fuentes Garcia: DESESPERANZA

Como el cuerpo necesita el sueño para descansar y reponerse, así el alma probablemente necesita de igual forma, lo trivial, lo cotidiano, lo insustancial, de la vida de sociedad, de relación, sobre todo si se toma con humor esta vida, si se habla, se charla, se ríe, se distrae uno, se olvida de lo trágico del hombre, de su destino, de su no saber qué es, ni hacia dónde va, de su desesperanza. Porque cuando uno permanece mucho tiempo solo, hacia ese mar se dirige irremediablemente, y en ese mar puede ahogarse y naufragar.

95. Daniel Frini: EL PUÑO IZQUIERDO DE CENICIENTA

Se hicieron las doce, la una, las dos. A las seis de la mañana, todos los invitados se habían retirado, la orquesta se había dormido en sus asientos (apenas el trombón continuaba tocando con un «tua-tua» insulso); el príncipe estaba sentado en el trono, tratando de desanudarse la corbata que tenía atada en su frente, la camisa blanca fuera de los pantalones y manchada de vino, y la bragueta abierta. Sólo un guardia quedaba en el salón del palacio. Llevaba puestos unos anteojos con nariz a lo Groucho Marx, una peluca de bucles rubios; y soplaba, tontamente, un cornetín.

Cenicienta seguía bailando, descalza, con los zapatos de cristal en sus manos; mientras su madre y sus hermanastras se aburrían en la última mesa del rincón, y el hada madrina miraba, impaciente, su reloj; sin entender que tantos años de sometimiento habían desarrollado la conciencia social de Cenicienta, y sus contactos en los sindicatos eran perfectamente capaces de organizar, para las doce de la noche en punto, un paro sorpresivo de choferes de carruajes.

96. Daniel Frini: EXORCIZO TE

—¡Fue ese señor, papá! —gritó el pequeño demonio mientras señalaba con su dedo —, ¡él me obligó a abandonar el cuerpo de mi huésped!

El aterrorizado sacerdote se quedó paralizado frente al terrible leviatán de más de tres metros de alto, ojos rojos, serpientes por cabellos, piel erizada de pústulas, manos como garras, piernas de caprino y fétido, en su olor a azufre.

—¿Así que usted le tiró agua bendita a mi hijo? —inquirió en latín el horroroso padre mientras se acercaba al exorcista blandiendo su espada llameante.

97. Daniel Frini: LOS HECHOS EN EL CASO DE MI BRAZO IZQUIERDO

No sé porqué lo hizo.

Yo estaba muy cansado después de un día particularmente difícil. Llegue a casa; puse, a medio volumen, la versión de Rachmaninoff de la Marcha Turca de Mozart, me serví un vaso con dos medidas de whisky y dos cubitos de hielo, me quité el saco y la corbata, desabroché el primer botón de mi camisa, me deshice de mis zapatos y me recosté en el sillón de la sala, como hago todos los días. Y como me pasa todos los días, un sorbo después me dormí.

Supongo que al llegar de su trabajo, ella me encontró con el brazo izquierdo bajo el cuerpo —vieja costumbre mía— y, a sabiendas de que en esa posición le quito la circulación y después estoy más de una hora refregando un brazo casi muerto; decidió aplicar sus escasos conocimientos sobre mesmerismo, (obtenidos, con certificado, en algún portal de mala muerte en la web) e hipnotizarlo cual si fuera el Señor Valdemar.

Hace tres meses que mi brazo piensa por si solo. Entre otras cosas, le pega coscorrones a los pelados cuando viajo en subte, le toca el trasero (casi digo culo) a las damas, roba billeteras de los bolsillos y monedas de los sombreros de los indigentes y me rasca en la zona inglinal cuando hago la cola en el banco.

Ya no sé cómo pedir disculpas. Lo peor es que no me animo a despertarlo, no vaya a ser que degenere instantáneamente en una masa casi líquida de odiosa y repugnante descomposición.

98. Daniel Frini: NOCHE Y NIEBLA

—¡Mamá! ¡el abuelo Adolfo se cagó otra vez!

—¿Otra vez? ¡viejo de mierda! ¡qué carajo se cree! ¿que estamos para servirlo? ¡Demasiado tenemos trabajando todo el día, pare tener que venir y atenderlo! ¡Como si fuera una delicia limpiarle el culo! ¡En lugar de agradecernos por no meterlo en un asilo! ¡¿Porqué no se muere y nos deja de joder la vida?!

El abuelo Adolfo gimió y una lágrima le corrió por la mejilla.

Se sabía inferior al perro de la familia.

Como siempre, como todos los días, se dijo que si volviese a nacer, si hubiese otra vida, si se encontrase en otro universo; sería otra persona, digno de respeto y admiración. Pero estaba allí y no en un mundo paralelo. Era un viejo sucio de mugre y afecto y no una persona reverenciada y temida. Era el mismo abuelo Adolfo de siempre, denigrado y ultrajado, que vivía en la pequeña villa de Braunau am Inn, en los Alpes austríacos, en la pequeña casita de los Hitler.

99. Daniel Frini: VIERNES, A ESO DE LAS ONCE DE LA MAÑANA

Doña Berta me pidió una docena de huevos.

Los tomé de la canasta y separé una hoja de diario para envolverlos. Algo llamó mi atención, y detuve el movimiento del papel en el aire. Allí estaba, casi al final de la página. No podía creerlo.

“Horacio: dice el Colorado Fernández que te pasa a buscar este viernes, cerca del mediodía. Rogelio”.

Me olvidé de Doña Berta.

Con premura, miré la fecha del diario. Era del lunes pasado; y lo que cuento ocurrió ayer jueves. Quedé atontado; primero, porque encontrar una noticia así es bastante extraño; segundo, porque no conozco a ningún Rogelio; y tercero, porque el Colorado Fernández murió hace trece años; cuando, borrachos, le dimos para tomar kerosene en su despedida de soltero.

Algo de miedo, tengo. Nunca me llevé bien con el Colorado Fernández.

100. Daniel Frini: LA VIDA EN EL MUNDO MODERNO ACARREA PROBLEMAS NUEVOS

— Y bien, amigo. Hábleme de su problema

Miré al psicólogo, con una mueca entre curiosa e interrogativa.

— ¡Vamos!¡Anímese! — insistió él.

— ¡Guau! — dije yo. ¿Y qué otra cosa podría decir? Soy un perro marca perro, más vale pequeño y sin ningún atributo especial. Tuve la suerte de ser sacado de la calle por una solterona que me crió como a su hijo. Baño diario, peluquería los viernes. Pullover y gorra en los días de invierno. Cuando mi dueña notó mi primer comportamiento raro, inmediatamente recurrió a la psicología canina. Y acá estoy.

— Ajá — dijo él.

— Aúaúaú. Iúiúiuu — lloré, bajando la cabeza, con mi mejor voz de caniche.

— Bueeeeno — dijo él

— ¡GUAGRFGUAGUAARFGAGUAU! — le grité en la cara, adoptando la postura de un dóberman

— Y qué más — insistió él, sin inmutarse.

— Guuuuuáu — musité, con el aplomó inglés de un yorkshire.

— Bien. Bien — dijo él

Sin hablar, lo ataqué como un rottweiller.

— ¡Serapio! — me llamó mi ama. Solté al médico y me refugié a sus pies.

— ¿Y, doctor? — dijo ella.

— Curioso, señora — dijo él, acomodándose la ropa y levantando sus anteojos del piso — su perro tiene personalidades múltiples.

101. Daniel Frini: Y ESTAS FUERON LAS NOTICIAS, DESDE EL FRENTE DE BATALLA

—¡Caín Onán, entrá pa’dentro, disgraciao!

El grito de su madre aún despertaba por las noches al Padre Tito. Se hizo sacerdote por ella, mujer despótica, devota e inculta que no tuvo muy en claro quiénes fueron malos y buenos en la Biblia.

No era feliz. Y cada vez que dormía soñaba con mujer; pero su madre, muerta hacía más de veinte años, lo rescataba del ansiado pecado de la carne.

— ¡Padre Tito!— Lo llamó el grito del Cabo Cepeda, y los golpes en la ventana — Venga!¡Hoy es la noche!

Miró la hora. Las once. Recordó el aquellarre que “no es leyenda, m’hijo”, según decía Ña Aparecida, cada vez que le curaba el empacho.

Llegaron al pie del cerro, en la oscuridad, a las doce. Preparó los utensilios para el exorcismo. La boca de la cueva los llamaba. Entraron. Un terrible golpe lo desmayó.

Despertó y vio que era cierto. Ciento cincuenta mujeres, todas desnudas y algunas conocidas, lo miraban con furia. Estaba desnudo, también. Sólo le habían dejado el alzacuellos. Cepeda lo sujetaba por los brazos.

Ña Aparecida, con tono de discurso de barricada, estaba diciendo:

— ¡Por cada una de las nuestras que murió en la Inquisición, morirán cinco de ellos, compañeras!

Caín Onán Rosales, alias Tito, sacerdote a la fuerza, murió en la hoguera a los cuarenta y cinco años, en el Auto de Fe celebrado por el bando contrario, en la Sierra, la noche mágica de Walpurgis del año dos mil tres.

102. Daniel Frini: ALF LAYLA WA-LAYLA

— ¡Alá es grande!— dijo la princesa Scherezade cuando vio a los mil y un apaches — ¡Todos para mi sola! Y se los ve tan exóticos con esos modelitos… ¿Quién les hace esos trajes, ricura? — le preguntó al más cercano a ella, que parecía estar al mando del grupo; vestido con un chaleco de piel de ciervo, un taparrabos extrañamente largo y mocasines, el cabello lacio atado en una trenza y la cara pintada en líneas oblicuas blancas.

El hombre miraba a todos lados con temor, y no habló.

— ¿Cómo te llamás, tesoro? — insistió ella.

— Gokhlayeh — dijo él — Pero me dicen Gerónimo.

— ¡Ay, pasen, pasen!¡Qué amorosos! Y vos, cielito, vení conmigo.

La princesa sabía que su esposo, el Gran Sultán Shahriar, le obsequiaría un presente traído de tierras lejanas, en compensación por tantas noches de sufrimiento esperando una muerte que, Alá sea alabado, jamás llegó. Según palabras del Gran Visir, el Sultán esperaba que el presente fuese de su agrado; y recalcaba muy especialmente que eran para su exclusivo solaz y esparcimiento.

Scherezade llevó a Gerónimo a su alcoba, de la que salió, espantada, un minuto después. Hizo desvestir a los otros mil guerreros, y lloro.

Claro estaba. Poseía, ahora, su propio harén, el más grande de todo el Islám: mil y un apaches eunucos.

103. Daniel Frini: DIRÁN, CON TEMOR, NUESTRO NOMBRE EN LOS FOGONES

Drop me miró, y supe lo que pensaba. Desde niños nos entendimos con la mirada. La bella Targ estaba bañándose en el arroyo que está a dos tiros de piedra de los Árboles donde pernocta el clan. Estaba hermosa con sus brazos peludos y sus pechos caídos. La ataqué con una piedra. La llevamos hasta el Gran Árbol Viejo. Mientras esperamos que despertase, se desató una tormenta. Como es tabú tocar mujer dormida, nos refugiamos bajo La Piedra. Un rayo tremendo impactó directamente en la cabeza de Targ. Así inventamos la picana. Generaciones venideras resolverán como hacerla portátil o regular la intensidad del voltaje. Menudencias.

Después atacamos a Zrup, hijo de Fluj. Lo empujé y una vez en el suelo, Drop puso las manos en su cuello. Zrup dijo:

— ¿Uhgg pllu kkhhugg?

— ¿Que dijo, Grog?— me preguntó Drop, que no entiende el lenguaje del clan de La Caverna.

— ¿Qué hacen, muchachos? — traduje yo.

— ¡Ghh kkugghh sshgguhh! — dijo Zrup

— ¿Y ahora qué dice? — me interrogó Drop

— Nada. Ahora se está ahogando porque le apretás el cuello — contesté yo.

Entonces, Zrup se marchó junto al Gran Espíritu.

Luego matamos a Ull, la de cabellos amarillos; al viejo Grp, a la bruja Jjgh y a Zop, domador del Gran Tigre; a Yog, a Xtog, a la gorda Hgg, al pelado Dyp, a Xorg, a Kxarg y al rengo Dpog. Todo eso en un sol y una luna; y por diversión.

Seremos recordados. Los primeros asesinos seriales de esta incipiente humanidad.

104. Daniel Frini: LA TÍA GERTRUDIS LE PIDIÓ PRESTADA UNA TAZA DE AZÚCAR A LA VECINA DEL SEXTO “A”, QUE TOMABA SOL EN SU BALCÓN, EN TOPLESS

Tocó a la puerta que, apenas segundos después, se abrió de golpe. Imagino la escena. Ella, solterona por decisión propia, mujer de misa diaria a las seis de la mañana, novenas por la tardecita y dos rosarios rezados durante el día; luto riguroso, medias hasta la rodilla y zapatos negros abotinados, cara lavada y pelo entrecano atado en un rodete; parada frente a la puerta sosteniendo la taza con ambas manos y, recortada en el marco, despampanante, la vecina de la que nunca supe el nombre pero a la que llamábamos La Potra: cuerpo extraordinario, envidia de los editores de Hustler, un metro ochenta, cabello rubio a lo Farah Fawcett, tanga roja y tetas así de grandes, libres de cualquier yugo.

Fue un choque de culturas. Marco Polo ante el Gran Kublai. Cortés ante Moctezuma. Nunca supimos qué hablaron durante ese encuentro; pero, a partir de allí, la tía abandonó la iglesia. Yo le conté doce amantes hasta que murió, hace poco. Solía pasar las noches acodada en la barra del Copenhague, donde la conocían como Gerty.

Unos meses atrás Tuve noticias de La Potra. Es pastora de un culto evangélico en un cine de Constitución, devenido en templo cristiano. Le va bien. Oficia los servicios en topless.

105. Daniel Frini: ASÍ HABLÓ CAPERUCITA

—¡Basta de clases sociales, camaradas!— decía a los habitantes del bosque, mientras les ofrecía el contenido de su canasta — ¡Debemos bregar por la emancipación de todos los trabajadores de esta foresta!¡La dictadura del proletariado hará cesar esta explotación vergonzosa en forma de historia para dormir a niños con el opio burgués de un cuento simplón!¡El imperialismo capitalista no sabe del torrente revolucionario que corre bajo estos pinos!

La abuela, más curtida por los años vividos bajo el régimen del Lobo, sonreía a los animales como tratando de atenuar los exabruptos comunistas de su nieta, a la que todos en el bosque de Böhmerwald llamaban “La Roja”.

106. Daniel Frini: TROYANO EN EL CABALLO DE TROYA

Dos horas, siete minutos, veintitrés segundos, cincuenta centésimas después de haber empezado mi viaje al pasado, salí del sueño cuántico sostenido solo por un brazo y una pierna de la compuerta de madera del dichoso caballo, en la oscuridad —sólo unos tenues reflejos de algunas fogatas colándose entre las tablas— y dentro de los muros de la feliz ciudadela troyana.

-¡Carajo! – dije.

-¡Prototipoepitafioseudonimoxenofobiaatomotopologia!- gritó un guerrero enorme, con yelmo, escudo y espada, sudado, con un terrible olor a bolas, y vestido con una minifaldita ridícula.

– ¡Por favor, que me caigo! – dije.

Era evidente: él quería bajar para empezar la matanza, y yo aparecí en la escotilla, justo antes de que sacaran la escalerita de sogas.

– Usted debe ser Odiseo … – alcancé a mencionar, con un hilo de voz.

-¡Geografiapandemiaarchipielagoclorofilapanegirico! – dijo, mientras descargaba un terrible golpe de espada, que alcancé a esquivar apenas.

Con tanto ruido, los escasos guardias troyanos, hasta ese momento adormecidos tras los festejos de las horas anteriores, se despabilaron y dieron la voz de alarma.

Cuarenta minutos después, cuando logré apretar el pequeño botón para regresar al presente, quedaban apenas dos griegos tratando de escalar las murallas de Troya y ganar la playa, para escapar a la furia de París y los suyos.

Odiseo yacía muerto a los pies del caballo, que consumían las llamas.

De regreso en mi laboratorio, miré en la biblioteca. No encuentro la Ilíada. Pero apareció un nuevo libro de Homero, la Troyánida. Allí se relata cómo el héroe París rescató a la bella Helena de manos del bestial Menelao; y cómo los griegos quisieron engañar a los troyanos con un estúpido caballo de madera.

En la introducción se dice que Homero, el autor, era sordo. Hubiera jurado que era ciego.

107. Daniel Frini: CRISIS DE IDENTIDAD

Con el cambio de hojas de la primavera perdí los ojos y me aparecieron branquias. Cuando llegó el verano, mis doce brazos mudaron en tentáculos. A principios del otoño aparecieron las primeras escamas, en reemplazo de las plumas. En el invierno mi trompa se transformó en una boca cavernosa y tétrica. A la siguiente primavera los cambios continuaron. Dejé la crisálida. Tuve frio por primera vez. Luego, me aparecieron pedipalpos, que trocaron en dientes filosísimos; y antenas, que después fueron aletas, y también membranas, y párpados verticales, y dentículos, y opérculos, babillas, cuernos, cercos terminales y quelíceros; mientras las estaciones siguieron pasando.

El líquido que rezumo después de atravesar mis tres estómagos, y que regurgito para alimentarme, ni siquiera es sabroso.

Yo era un empleado administrativo, oscuro, pero sin problemas. Perdí mi trabajo, mi mujer, mi familia y mis amigos. Y ahora ¿qué soy?

Deseo morir. Con mi suerte, solo falta que no exista asteroide que se estrelle contra el planeta, y deba seguir así, mutando, estación tras estación, quién sabe hasta cuando.

108. Daniel Frini: SYMBORG

Hoy terminaron, por fin, de escanear mi matriz sináptica.

Los técnicos del Laboratorio de Neurología finalizaron el proceso de mind-uploading, levantaron toda la información contenida en mi cerebro, y dicen que estoy definitivamente virtualizado. Completé la emigración desde mi cuerpo biológico hasta este soporte digital. He sido, además, copiado y guardado como respaldo.

Me he liberado de la cáscara de carne enferma, desgastada por el cáncer, que fue mi prisión y en la que transcurrió mi vida desde que fui engendrado por mis padres.

Soy un programa viviente, puedo moverme por la red, reflexionar, rediseñarme, mejorarme, sumar todas las experiencias e interactuar digitalmente con otros organismos, antes biológicos, y que también han sido escaneados.

Soy conciencia, razón, tigre, lobo, hormiga, lógica, roble, girasol, águila, tiburón, matemáticas, rosal, ética y bacteria.

Puedo moverme en el mundo físico como un patrón de ondas, que gobierna máquinas con las que puedo manejar la materia.

Soy, además, inmortal

Ahora, soy la humanidad y la naturaleza y la vida. Los que quedan atrás sólo son mis antepasados. Cien mil años transcurrieron desde el primer pensamiento conciente.

La evolución no termina en mí. Soy el comienzo

Yo soy.

109. Daniel Frini: LA GUERRA FINAL

Hace un milenio, la humanidad descubrió el secreto de la inmortalidad. Durante los setecientos años siguientes, los humanos del tipo H, nacidos según el método tradicional, ejercieron el dominio; y desarrollaron a los tipo C, nacidos clones, y a los tipo M, modificados genéticamente. En ese período de paz relativa, no murió nadie por enfermedad y se alcanzó una población incalculable. En los trescientos años siguientes, nosotros, los tipo A, trabajando desde las sombras, instigamos la lucha entre los demás. Hace tres días murió un clon, último sobreviviente de la guerra entre los H, los M y los C. Ahora solo quedamos nosotros, un millón quinientos mil humanos del tipo A. Todos inmortales.

Mi nombre es A. Utnapishtim Gamma.

Por supuesto, la A indica mi condición de nacido androide.

110. Daniel Frini: DEL LIBRO DE RECETAS DE HERODES ANTIPAS

Una tarde calurosa de principios de junio, Herodes Antipas, su esposa Herodías y el prefecto romano Valerio Grato, conversaban amigablemente en los jardines del palacio real de Séforis.

— ¡Me encantan los niños! — decía Herodes — Mi padre; El Grande, Yavhé lo tenga a su lado; me enseño a prepararlos al horno de barro, y con guarnición de arvejas. ¡Son una delicia, mire! Yo le pongo un mejunje que preparo con sal, aceite de oliva, un poquito de albahaca y laurel. Y lo acompaño con un buen vino oscuro de los montes de Yahad. Ahora, eso si, para que sean tiernitos, deben tener menos de dos años. Más grandes, no sé, como que la carne se pone muy fibrosa.

— Lo que le recomiendo que pruebe— acotaba Herodías — es la cabeza de esenio. Hace un tiempo hicimos una, hervida en aguas de melisa y eneldo frescos; y la servimos con zanahorias, puerros y cebollas; un adobe mezcla de tomillo, orégano y salvia, y perfumada con cardamomo y regaliz;

¿Cómo se llamaba este monje, esposo mío?

— Juan

—¡Eso! Juan. El bautista. Como sea, un manjar. Estos esenios ayunan tanto, que la carne, bien magra, me ayuda magníficamente en mi dieta.

111. Javier Reiriz Villar: EL TOQUE PERSONAL

Hasta que decidimos volver a colgarla en la pared no hubo descanso en nuestra casa. Su afición por la decoración minimalista llegó a ser tan obsesiva que no nos dejaba colocar ningún detalle sin su tiránica supervisión. Algo tenía que ver, también, su megalómana concepción del espacio “las zonas vacías también decoran -solía decir- tan solo hay que darles el toque personal”. Creímos que ya se le había pasado, pues con la medicación estaba más calmada, pero ha vuelto a las andadas. Y ahí está de nuevo mamá, pendiendo de la pared, dando a nuestra casa su peculiar toque personal.

112. Cristina Ares: LA SOMBRA AUSENTE

Su sombra le había abandonado. No debió tratarla tan mal.

Al principio ni notó su ausencia, ¿para qué la necesitaba, siempre siguiéndole a todas partes?

Cuando la gente comenzó a rehuir su presencia procuró ocultarse de la luz diurna y más tarde de la luz artificial de la noche.

Terminó convirtiéndose en fotofóbico, con fama de excéntrico solitario, habitante perenne del mundo de las sombras.

113. Cristina Ares: CASA BAJO LA LLUVIA

Llovía.

Vivía en una casita de madera que por dentro no tenía nada especial. En el exterior la meteorología reflejaba su estado de ánimo.

En ella la lluvia no evocaba tristeza y llanto, sino la arena de la playa que se escapa de la palma de la mano, el halo de una mirada huidiza en el espejo, una fotografía color sepia que todavía no ha sido tomada, hojas de otoño que crujen suavemente bajo el peso de una flor.

Llevaba así noventa y nueve días.

Y seguía lloviendo.

114. Cristina Ares: EL DIBUJO

Tiró el instrumento al suelo, con rabia. Era imposible que lograse tocar la Sonata para Flauta. Se le enredaban los dedos, no tenía oído musical y su interpretación era pésima. Se sintió decepcionado, así no impresionaría a Amelia mañana.

Ya en la cama, se espabiló con una idea; había algo que sí se le daba bien y podía resultar. Cogió su bloc y los lápices de colores y se afanó en la tarea. Sonrió al terminar, el perrito le había quedado impecable.

Se durmió imaginando la sorpresa de ella, cuando el cachorro salido de su imaginación saltase a sus brazos.

115. Cristina Ares: CORAZÓN DE ARENA

Las trampas de la vida mellaron su corazón. Con cada una éste se achicaba, y cuando llegó a tener un tamaño infantil, comenzó a endurecerse hasta quedar convertido en arena compacta. La máquina siguió latiendo, más despacio y en frágil equilibrio. Una brisa inoportuna sopló para deshacerlo por completo. Y murió.

Los médicos nunca supieron explicar por qué en su pecho solo encontraron un puñado de granos de arena rojizos en lugar de un corazón.

116. David Ricardo: INESPERADO

Caminaron los diez pasos a espaldas uno del otro. Conscientes, que estas que vemos caer en la arena, pueden ser sus últimas gotas de sudor. El deseo por obtener los favores de la bella dama, que en aquel balcón, espera inquieta el resultado, de lo que en la única calle de este sucio y progresista pueblo, está por suceder, les mantiene decididos a jalar del gatillo.

Ella sonríe vagamente, sin ocultar la satisfacción vanidosa que le otorga, que los dos más valientes, dispuestos se dirigen hacia la muerte por ella. El superior, el más rápido, el de mejor puntería, logrará sus complacencias.

Suenan dos disparos. Ahora, ella está llorando.

117. Maria Fuentes Garcia: HARRY HALLER

Mi vida era como una condena, un desierto: soledad, incomunicación, ausencia de sentimientos. Me inspiraba tedio el género humano; huía de todos. Todo cambió radicalmente cuando conocí a Carlos. Desde nuestros primeros e-mails, comentando sobre Dostoyevski, Shopenhauer.. supe que sólo él, era un alma semejante a mía. Sentía mi misma pasión por la literatura clásica. Jugábamos a ser personajes literarios.

Pensamientos errantes, furtivos, que asomaban tímidamente a lo largo de mi vida por un instante y como una bruma, adquirían cuerpo, forma, en mi correspondencia con él. Creo que la que soy ahora, con mi forma de ver la vida y de pensar, se amasó con él, en cierta medida: como si él hubiera extraído, rescatado, descubierto en mí, mi parte más profunda, y otra más desesperada que dormía en las profundidades de mi inconsciente, como un iceberg que flota en el mar, surgiendo de las profundidades marinas y se hace visible.

No encuentro palabras para expresar lo que sentí, el día que aquél a quien entregué mi alma en ofrenda, compareció en mi juzgado, esposado, acusado de haber disparado a personas que ni siquiera conocía. –“Soy Harry Haller –dijo- por eso lo hice.”

118. Rocío De Juan Romero: JUGUETES

Irene le abrió la puerta con una sonrisa cansada. Aún no estaba arreglada para salir y se disculpó:

-Perdona, Jorge. La niñera ha perdido el autobús. Pasa, siéntate mientras me visto. Víctor está en el salón.

A Jorge le gustaba salir con mujeres separadas. Eran tiernas y no solían hacerse ilusiones de futuro con sus citas. Pero las ventajas se desvanecían cuando tenían hijos tan pequeños como éste. Aunque Irene le gustaba, y mucho.

Jorge hizo una mueca al contemplar el desorden del salón. Víctor berreaba desde su parque, en una esquina. Avanzó hacia él, sorteando los juguetes que minaban el suelo. Golpeó uno por descuido y lo levantó con curiosidad. Era un dado grande de madera. En una de sus caras tenía impresa una letra del abecedario con motivo de flores. Levantó otro y descubrió el número dos, adornado con una flor violeta.

-Siempre he dicho que dos es el número perfecto-murmuró con una sonrisa.

Había llegado hasta el parque, donde Víctor seguía lloriqueando.

-Tranquilo, pequeñín. Es hora de dormir- susurró mientras le tomaba en brazos, apretándolo con fuerza contra él.

La niñera llegó cuando Irene bajaba las escaleras, vestida de azul zafiro.

-¡Qué silencio!

Ambas se acercaron a Jorge, que contemplaba la figura recostada del niño en el parque, con un cubo de madera a su lado.

-Se ha dormido –dijo él-. Debe estar agotado del berrinche.

Cuando salían por la puerta, se inclinó un instante hacia Irene y la besó con suavidad en los labios.

-Cariño, debes tener cuidado con los juguetes de Víctor. Esos dados de madera no son nada aconsejables para un niño de su edad. ¿Y si se atraganta intentando abrir la boca para morderlos?

Irene le devolvió el beso, mostrándole cuánto le quería por preocuparse de su pequeño.

Jorge canturreó por dentro.

119. Rocío De Juan Romero: AUSENCIAS

De nuevo ese silencio en la noche. El sopor abandona a Lucía mientras tantea el otro lado de la cama. Su marido ha vuelto a levantarse. Enciende la lámpara de la mesilla y nacen sombras en los rincones del dormitorio. Ninguna de ellas esconde la conocida figura. Antes dudaba, pero ahora sabe dónde encontrarle.

Se enfunda en una bata y con los pies descalzos recorre el pasillo hasta el comedor. Héctor está allí, en pijama, asomado a la ventana.

-Mira, Clara –dice él, sin girarse-. Esta noche hay estrellas fugaces.

Un calambre sacude el vientre de Lucía y se abraza para espantar los temblores. Escucha su voz repitiendo la misma cantinela, la frase que resume su vida desde hace dos meses:

-Clara se nos ha ido, Héctor.

“Pero yo sigo aquí”, quisiera gritarle mientras se acerca a él y le enlaza por el brazo, tirando con suavidad para alejarle de la ventana y llevarle de regreso a la cama.

-¿Por qué? –dice él, mientras deja caer la cabeza sobre la almohada.

El dormitorio es un pozo de silencio donde el aire se enrancia. Lucía no le responde.

Cuando más tarde escucha el sonido de la respiración dormida de Héctor, se levanta. Entra en el cuarto de baño, cierra el pestillo, abre el neceser y busca el tubo de pastillas. Cuenta siete, los años de Clara, y las traga con ayuda de un vaso de agua, mientras seca a manotazos las lágrimas que le queman las mejillas.

120. Rocío De Juan Romero: EL OTRO REFLEJO

Si se miraba en el cristal de la ventana con la luz adecuada, Beatriz podía ver su rostro reflejado. No era lo mismo que un espejo pero, a falta de uno, le servía.

Palpó las mejillas y descendió hasta la boca, buscando algún cambio. La piel pegada al hueso hacía los dientes más grandes y los ojos hundidos brillaban en sus cuencas. Estudió sus escuálidos brazos, con las venas azuleando bajo la piel translúcida.

Cuando su marido llegó, ella se había recostado de nuevo en la cama del hospital. Jaime traía una caja de frutas escarchadas que le ofreció abierta. Beatriz tomó uno de los dulces, frotando con el índice la capa de azúcar que lo recubría. Luego se llevó el dedo a la boca y dejó que los minúsculos granos se deshiciesen en la lengua.

Él se sentó a su lado, y le fue contando novedades. Carolina había pasado la noche en casa de una amiga; las dos niñas no habían dormido de la emoción. Beatriz asentía con suavidad, mirando sus ojos. Finalmente, él se incorporó y la besó, haciéndole llegar su cálido aliento a los labios.

—Vuelve pronto—se despidió—. Carolina y yo te echamos de menos.

Una vez a solas, Beatriz se levantó, tiró a la papelera la fruta escarchada que había tenido entre los dedos y se lavó los dedos pegajosos en el cuarto de baño. Luego regresó junto a la ventana para buscar, con obsesión, el otro reflejo de su rostro.

121. Rocío De Juan Romero: CLAROSCUROS

Su nombre era Lars Piason, pero yo le llamaba “Lars de Aalborg”, mencionando el pueblo danés del que procedía. Quizá fuese por la distinción que siempre advertí en su porte: parecía un caballero nórdico equivocado de siglo.

Lars había llegado a España de vacaciones pero decidió quedarse. Encontró trabajo en el mismo videoclub donde yo me hacía con un sobresueldo y pronto me convertí en la confidente de sus gustos cinéfilos, donde primaban las cintas en blanco y negro, y los dramas psicológicos.

El día que Lars me invitó a su casa para ver una película supe que era la manera de darme pase directo a su vida. A partir de entonces nuestras veladas giraron en torno al cine, que visionábamos desde la comodidad del sofá con las manos entrelazadas. Me conmovía especialmente el modo en que apretaba mi mano en las escenas duras. Eran los momentos en que le sentía más íntimamente unido a mí.

Llevábamos un año juntos cuando él decidió regresar a su país; me dejó una nota en la que se disculpaba por no despedirse en persona. Durante meses luché por superar la ruptura y, de hecho, esta mañana dudé en abrir la puerta al cartero que me traía un paquete de Aalborg, Dinamarca.

El envío contenía un DVD, una cajita negra y una carta en inglés. La escribía un amigo de Lars y me hablaba de la enfermedad y el deseo póstumo de éste de hacerme llegar sus cenizas -en la cajita negra- y el DVD con sus películas preferidas.

Cuando terminé de leer, puse el DVD, me senté en el sofá y, llorando, apreté la cajita contra el regazo mientras susurraba:

-Gracias por volver, Lars.

122. Rocío De Juan Romero: EDÉN

Los nuevos árboles aparecieron ayer. Eran tan altos que no alcanzábamos a vislumbrar su fin y, al mismo tiempo, esbeltos, de ramas cimbreantes, que nos tentaban con sus hojas verde jade. Le dijimos a Payaso que no se acercase, pero nos ignoró.

Hoy ha aparecido panza arriba y pronto lo sacarán del acuario. Los demás peces seguimos sin comprender por qué se empeñan en fabricarnos un edén de plástico.

123. Kurro Sanchez: PRIMERA PIEDRA

Resulta cuanto menos curioso pararse a recordar el caso. Allí estaban sentados, entre otros personajes pintorescos: un futuro sacerdote que, años después, fue acusado de abuso sexual; un magnate que no evadía sus impuestos, sino que corría delante de ellos como alma que lleva el diablo; alguien al que le venció el plazo de una importante deuda y tiró a su recaudador río abajo; espero que hubiese algún hombre bueno, pero no me consta. La resolución de este variopinto jurado al deliberar ante el caso de una joven que repartía panfletos contra el poder fue unánime: culpable. Realmente lo era.

124.Kurro Sanchez: FUEGO

No dijo nada. ¿Acaso existía argumento ante aquella masa enfervorecida, cuya ofrenda seguían siendo aún insultos, escupitajos y pedradas? No, la causa de estar ahí arriba, ante los ojos de cientos de personas, no importaba. El sambenito hablaba por sí solo, no habría sobreseimientos, no habría juicios justos. Miró al cielo, no rogaba por su vida, no pedía piedad, solo anhelaba que aquella fotografía dentro de un tiempo, aunque fuera lejano, no se repitiese. Que no se enviase a un hombre al infierno y la memoria lo recordase como merecedor de tal castigo. Que terminará una barbarie cuyos cimientos, amparados en la justicia, al condenar a un solo hombre inocente se desmoronan.

Otro hombre acercó una antorcha a la hoguera y el fuego, como siempre, no distinguió entre culpable o inocente.

125. Julio Cesar Pola Alonso: DIARIO DE UN NAUFRAGO CONVERTIDO EN PIRATA Y VICEVERSA

– Bucanero con loro, pata de palo y parche, contrata marineros para partir hacia las Antillas holandesas. Presentarse en el dique de Malatesta a medianoche la primera noche de luna llena de Mayo.

Muchos piratas como yo, malvados rufianes en su mayoría, fuimos contratados para asaltar todo tipo de embarcaciones de recreo, galeones, navieras, etc. Todos y cada uno rendían un especial culto al capitán, Mc Gründaall, un viejo marinero que se encolerizaba cada vez que alguien pronunciaba mal su nombre. De origen escocés y escandinavo, se decía que había trabajado a las órdenes de otros piratas afamados, como el pirata Drake, bien conocido por sus fechorías en alta mar contra las embarcaciones del Imperio Británico.

Sin embargo, algo me hizo afanar sin saberlo una de las botellas de una partida exclusiva de ron que el mismo Gründall guardaba con tesón en su despensa particular. Mi aventura duró poco, fui castigado con una semana de reclusión en ayunas, en uno de los estrechos camarotes del barco, pena que se agravó debido también a mi insumisión a las órdenes ilógicas del primer cabo al mando del turno matinal. Al salir, decidieron echarme a la mar con un barril de ron y una barca sin remos, para que pensara la próxima vez cómo y a quién debía de respetar.

Desperté en alta mar, con el ruido de un grupo de gaviotas que me anunciaban la proximidad de la costa de alguna isla cercana y mi calvario llamaba probablemente a su fin. Sin duda seguía teniendo dos posibilidades: morir en el intento o sobrevivir, y, en aquella ocasión, los vientos y el buen tiempo estuvieron de mi parte: logré despertarme justo antes de que mi jefe hiciera acto de presencia en mi departamento ante la mirada atónica de mi compañera de oficina.

¿Quieres aprender más?

2 comentarios en “Lee los 125 microrrelatos presentados al I Concurso Tinta al Sol

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

CommentLuv badge