Opinión: Ahogada en llamas de Jesús Ruiz Mantilla

La portada y la colección a la que pertenece esta novela puede inducir a pensar que estamos ante el típico novelón histórico, entretenido pero previsible, protagonizado por joven-fuerte-y-rebelde-que-rompe-con-las-convenciones-sociales en pos de la felicidad (amor). Pero no es así. La “ahogada en llamas” a la que hace referencia el título no es ninguna damisela enamorada, sino la ciudad de Santander, que en 50 años, entre 1893 y 1941, sufrió tres desastres importantes: la explosión del barco Machichaco, la guerra civil y el incendio de 1941.

En 1893 el buque Machichaco, amarrado en el puerto de Santander y con una carga ilegal de dinamita en su interior, se incendió y posteriormente explotó, matando a 590 personas y destruyendo las casas de los alrededores por la onda expansiva y el incendio.

Jesús Ruiz Mantilla nos cuenta esta historia haciendo que una de las víctimas sea la esposa de Diego Martín y madre de sus tres hijos. Igual que la ciudad, la familia Martín tiene que hacer frente a la tragedia e intentar superarla, e igual que a Santander, eso les cambia. Diego Martín se refugia en las tertulias y rehace su vida con una mujer muy distinta de su primera esposa. El hijo mayor se refugia en la religión, el mediano en la estricta observancia de las convenciones sociales, mientras que el hijo pequeño aspira a dedicarse al arte y a buscar la felicidad. Así mismo, la propia ciudad y sus habitantes se han debatido siempre entre el “qué dirán” y el deseo de vivir la propia vida.

Pero tanto a los Martín como a la ciudad los distintos acontecimientos que les trae el futuro, les trastocará la vida y los hará desviarse del rumbo al que parecían destinados.

La novela resulta entretenida, a pesar de que el estilo ampuloso del autor la hace en ocasiones pesada e impide identificarse con los personajes. Lo cual no deja de ser una característica propia de Santander, donde los trajes de domingo y los salones emperifollados y cubiertos con fundas por estar reservados a las ocasiones especiales, solían dar esa imagen al visitante de fuera.

Ahogada en llamas gustará a los que, como yo, hayan nacido en Santander o se sientan especialmente cercanos a esa ciudad, pues supone la oportunidad de profundizar en una parte de su historia que, por diversos motivos, ha ido cayendo en el olvido, y en la peculiar idiosincrasia de Santander y sus habitantes, que lleva 200 años debatiéndose entre la elegancia y el provincialismo más cerrado.


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